23 de octubre de 2007

Llegué con lluvia, a las cinco de la mañana. Me recogió un taxista con un pequeño carro rojo, como mi camisa. Me lleva de camino a Muizenberg, el pueblito playero donde me habría de hospedar, bordeando el dorso de la media luna de montañas que contienen a Cape Town, y me señala los picos. Dice que si te pierdes en Cape Town siempre puedes saber dónde estás según lo que veas: Table Mountain, Devil’s Peak, Lion’s Head. (Para beneficio de visitantes y desconocidos, los nombres carecen de toda aspiración a elevación poética o refinamiento histórico y son verdaderamente figurativos.) Mientras, apunta allá hacia donde termina la autopista a la izquierda y empieza un mar de casitas de madera, cartón y plástico –los townships a ras de la orilla. Pero más que en la geografía, todavía demasiado elusiva para mí, yo estaba ocupada recolectando la humedad que me absorbía, como debería absorber el cartón de las casitas. Una humedad desproporcionada que, un hemisferio al sur y otro al este, me llevó de regreso a Puerto Rico. Fue un abrazo atmosférico en el momento preciso. A la vuelta del mismo día en que, yo partiendo, en Ámsterdam empezó el invierno.

Recuerdo poco más de ese día, aparte de la dirección magnética del polo sur del mundo al tocar tierra por primera vez en África y, más que nunca, cerca de Antártica. Y la sensación de saber haber llegado, no obstante, a un extremo minimísimo, justo al bordecito del continente masivo y pesado que se desplegaba a mis espaldas. Alargado y fino como el extraño sello de la aduana de la República de Sudáfrica, pero, como la misma sala de aduanas, decididamente gravitacional. Quizás fue ésa la primera intuición que tuve de Ciudad del Cabo y la impresión que nunca me dejó de dar: la sensación de ser el último bastión de tierra que retiene al inmenso continente africano de desbordarse en el mar. Una impresión esculpida en el filo de montañas que, plegadas y tensas al borde del mar, parecen contener el peso de 54 países al borde del derrame.

Llegué a donde me habría de hospedar, una vieja casa colonial remodelada. Amarilla y, según me decían, a pocos metros del mar. Muizenberg me pareció inicialmente muy plano. De pocos árboles, mucho pasto –repartido como en haciendas– y casas coloniales, igualmente hacendadas. Sólo las nubes cargadas y la humedad pesada le daban algún tipo de volumen en esa mañana escasa. El perro, Bijou, me recibió con patas peludas y mojadas y Gail, la dueña, con café y galletas que nunca supe hasta cuándo comer. (Opté por el mínimo posible; se suponía que me tocaba self-catering.) En la calle frente a la casa hay una casa de dos pisos en construcción. En barro, paja y madera. Diseño de lujo, a decir verdad. Los dueños llevan cinco años construyéndola a mano. En los tres meses que estuve consiguieron levantar la pared del piso de arriba.

El día siguiente empezó a las diez de la mañana, cuando desperté de dos horas de siesta y me presenté por primera vez a la oficina.

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