Transversa desde el 1ero de enero

La traducción es un concepto vivo que se reinventa: desplazamos, trasladamos, creamos y destruimos al traducir. Traducir es mirar a través del lenguaje. Hablar es traducir, contar un sueño también, las metáforas son traducciones sin rastro, colonizadoras; las símiles, traducciones que lo anuncian, que salvaguardan la imposibilidad del lenguaje. Algunos traducen para olvidar, otros para recordar. Algunos traducen a su lengua, otros a la de otros. Habrá quiénes consideran que traducir es arruinar y quienes aseguran que florecen monumentos. Hay quienes nunca leen traducciones, hay quienes se obsesionan con leerlas. Hay quienes se traducen a sí mismos, y quienes traducen un idioma que aún se les resiste, para entenderse. Hay traducciones milenarias, paradigmas incuestionables de los que sólo sabemos por las traducciones. Hay idiomas que nunca han sido traducidos, y hay mitos desplegados en todos los idiomas, cansados, hechos piñata o visera.

Esta edición TRANSVERSA estará dedicada a la traducción poética. Sólo se aceptan poemas traducidos al español. El documento en formato Word debe incluir: copia del poema original (preferible), nombres del autor y traductor/es y bibliografía del poema traducido. Se aceptará un máximo de tres poemas por propuesta y se estimarán propuestas de traducción originales y/o experimentales. Si el traductor lo desea, puede enviar un párrafo breve sobre la poética o el proceso. La mesa editora decidirá qué traducciones y textos serán publicados. Los poemas estarán en la página de www.derivas.net a partir del 1ero de enero.

Pueden enviar sus poemas a edicion.transversa@gmail.com.

Transversemos.

Sobre las editoras:

Tienen en común que se traducen en su cotidianidad.

Mybel Andino, traductora puertorriqueña radicada en Rennes, Francia, es profesora de traducción en la Universidad de Rennes 2 Haute Bretagne. Fue directora y correctora del proyecto de traducción del n°168 de la revista literaria Cultures Sud dedicado a la literatura caribeña. Actualmente, traduce al francés el poemario “El origen de los párpados” de Mara Pastor (2008). Guadalupe Arenillas vivió en la Patagonia hasta los diecisiete años. Traduce poetas norteamericanos y ha traducido a Delmore Schwartz, Charles Simic, John Berryman y John Ashbery. Actualmente escribe su tesis doctoral en la Universidad de Notre Dame sobre territorios y memorias en la literatura latinoamericana de la post-dictadura. María Robles creció en el País Vasco marcada por el multilingüismo y habla español, francés e inglés. Está interesada en la traducción poética entendida como ejercicio poético y diálogo intercultural. Trabaja en la Universidad de Michigan como instructora de español. Mara Pastor nació en Puerto Rico y es escritora, estudiante doctoral e instructora de español en la Universidad de Michigan. Últimamente traduce poemas de poetas de Europa del Este traducidos al inglés. También ha traducido poemas de Anne Carson, Charles Bukowski y Landis Everson.

Leopardo

kerstmis

Nos abrumó con su pelaje de sueño de camino y sol moteado. Escurrió su lomo peludo en nuestras sábanas y con un resoplido mudo salpicó la bruma con motas negras que nos taparon los oídos al reloj.

Se supo que sonó, pero no lo escuchamos. Despertamos con sólo un cuarto de hora de ventaja. Con sobresalto antílope nos desbandamos lejos de la luz, la cocina y el escarceo de los cazos de aluminio, con frisas en las manos para hacernos nido, donde nos amarrara el suelo. Tomamos el camino de atrás por la hojarasca que nos llevaba hasta la montaña, hasta convencernos de que dábamos vuelta en el mismo lugar y que la plata de la noche se nos descontaba en vano.

Cambiamos rumbo sin celajes, dejando la gente y buscando el frío. Esta vez, hacia el camino desolado en la piel negra de la noche que pandeaba el universo de norte a sur. La luz, fugaz, era la sangre de luna que enyodaba los capilares ramados del árbol solitario en el camino, los capilares que bombeaban su sombra negra contra el tejido de la noche.

El suelo todavía no tenía cara cuando su sombra nos visitó al borde de la carretera. Allí donde debía estar, deslindando con su aliento esta tierra desparramada. Nos apretó llegando, nos soltó al pasar. Abrió los incandescentes ojos felinos entre casa y casa cuando me escuché llamar: mi madre, mi padre, mi abuela y mis hermanos, todos a una, rayando la piel moteada del tiempo, deseándome esa noche un feliz año. Allí, yo, envuelta en el cuero palpitante de una noche lejana, oscura y cimarrona.

31 de diciembre de 2007

Eventualmente, dejamos Swazilandia para buscar la corteza de las “montañas del dragón”, encaracoladas entre Sudáfrica y Lesotho. Veníamos trepando sus escamas hace un tiempo –en nuestros planes– y yo, también, en sus pinturas. En pinturas viejas como el frío porque ahí en cuevas se encuentran las pinturas más viejas de la humanidad, las pinturas rupestres de los San. Fue pues, una combinación de adrenalina rocosa e intuición añeja lo que nos arrimó al lugar. Queríamos escalar sin freno, moliendo piedras con los pies, montaña arriba, montaña abajo, acumulando cascadas de agua fría sobre piedra negra. Una forma de repechar lo que nos quedaba del año mientras el cielo azul nos estillaba el sol encima.

En las montañas no se pueden contar las horas porque siempre se escurren ladera abajo. Se pierden en distancias sobrepuestas que contorsionan los ojos fuera de las profundidades acostumbradas. Profundidades que una cámara no sabe discernir, lo he probado muchas veces. Peñones que parecen gravilla, kilómetros más abajo (en las fotos son sólo, precisamente, gravilla, sin la fascinación de la mutación ni el éxtasis de la roca que metamorfosea según te acercas, te alejas, cambias de ángulo y de plano en la montaña; gravilla sin dimensiones). Con las piedras allá arriba también se sedimenta el tiempo. Por lo menos, hasta que la piedra se quiebra en alguna planicie inmensa que preludia la última mordida al cielo, encamada en flores diminutas. Ahí ya el tiempo pertenece a otra dimensión, más abajo y menos real.

* * *

No sé, entonces, si descontamos ese último día del año o si se nos hizo harina en el descenso por las laderas de crema. Crema que no encontramos cuando queríamos celebrar esa última comida. Queríamos romper el ayuno de sándwiches untados en el carro, aunque fuera esa noche. Pero todo estaba cerrado, o de fiesta, y la pendiente de la montaña nos dejó en Steers, Fast Food. La llanura regada nos arrastró con la comida al gazebo de afuera, empeñado en atardecer frente a la larga carretera. Había hormigueo de hombres reunidos bajo el árbol de atrás. Llegaron a saludarnos con grandes sonrisas. Que buen provecho y feliz año; compartidos en cervezas y pelándose unos a otros ¿les queda algo de comer? Algunas papitas (se las pueden quedar), y tres preciosos sorbos de refresco (eso no lo digo). “Eich…no meat…” Haber llegado antes. Y hablamos y hablamos inventando cualquier cosa entre inglés y zulu; y nos abrazaron varias veces y nos apretaron para las fotos. Miré al más callado, medio tuerto por alguna infección itinerante, supongo, de frente a mí; me daba cierta paz. Otro al lado mío, que preguntaba de dónde veníamos y siempre olvidaba “Escocia”, a pesar de la asistencia de Rachel, Neill y Julie, soltó: “eich! You see that mountain back there? I was born and raised there, and I live there and I won’t ever move.” Y con el brazo regó la tarde que se escapaba sin ingenuidades.

Swazilandia

Cuando dejamos Johannesburgo se nos desengulló detrás el rollo de la pura ruralía sudafricana. Amasada con dedos negros de barro suave en un despliegue de tierra a los cuatro puntos cardinales con el sonido amortiguado de su propio nombre: Mpumalanga. Íbamos camino a Swazilandia, un pequeño reino mordido en dos terceras partes por Sudáfrica.

Apretado como la cortina de lluvia que nos arropó llegando a la frontera. Se nos arrojó sedienta en todas las paradas: el puesto de Sudáfrica, para estampar la salida; el puesto de Swazilandia, para empapelar la entrada. La lluvia quería que supiéramos que andábamos en otro lugar, aunque no fuera evidente. Por eso, quizás, fue que nos cerró la noche entre agua y bruma. Esa noche guiaba Neill y yo a su lado, y a ambos nos tocaba extraerle la carretera a ese paisaje de niebla sin luz. Yo le decía si andaba en el carril, del lado izquierdo; él hacía lo propio del lado derecho. Y así desenrollamos el encintado camino a la negrura, cada vez más lejos de Mbabane. Sin luz podíamos saber que subíamos colinas mansas y que íbamos de camino a la hospedería rural que habíamos llamado algunas horas antes.

La noche mojada nos dejó llegar, pero todavía sin ver. Encontramos la vitrina de luz de la recepción donde nos esperaban. Entre grama y fango conseguimos la cabaña donde el barro se subía a las paredes para amasarnos una casa de tierra olorosa en este lugar remoto. Ventanas y paredes de madera que nos enfundaron en ese olor sabroso a hogar en las sencillas esteras de pura lana.

* * *

Se corrió la cortina de la noche y me despertó el mugido de una vaca con su hocico frente a la puerta. Abrí una media puerta y se espantó sin miedo hacia otra vaca que amamantaba su becerro, camino a la terraza por donde otras se paseaban, regodeando su reflejo en las puertas de cristal. Me desenredé de la cama para embalarme en un paisaje invertido de grama húmeda con ramas secas que desganchaban del piso; una media guagua hecha casi tronco de vieja, y pedazos de carcacha que reposaban como críos entre las gallinas y rocío color gris escarcha que le hacía eco a una quebrada intuida.

Desayunamos lo que nos quedaba y me fui a escribir lo que nunca terminé porque llegaron Ntombozi y su amiga a tocar las páginas de lo que había escrito y a bailar kwaito al lado mío. Kwaito y otras cosas que discutían con el DJ-bartender que escurría la música por las ventanas y les trampeaba los pedidos. La cortina, esta vez de sol gomoso y aire frío, se cerró detrás de las colinas de tierra contoneada como si no hubiera otra tierra de la cual venir. La frontera se engulló a sí misma con las muchachas bailando conmigo, llenando mi cámara y encomendándome al futbolín. Se revirtió con los bailes elásticos de Sibizo, un zulu que suave como un Swazi me juró que habiendo nacido allí, nunca regresaría a Sudáfrica.