Museo del Apartheid II

Pero este museo era también distinto a los museos del Holocausto. Fue otra cosa, después de todo. En los museos del Holocausto la violencia es real pero subrepticia. Invisible y apestosa, como gas. Está ahí pero no se ve; está hecha para intuirse, para olerse a millas en aire chamuscado. En este museo la violencia era de carne y hueso, quizás, porque sus fotos y videos no son posdata, sino el material de los eventos mismos. No se trata de la arrasadora violencia de la masacre; sobretodo, no de su abrasadora anonimidad. No era la masa exterminada, sino los individuos al detal. La velocidad de la violencia en tiempo real: la centrífuga de un cuerpo vivo al enredarse en alambre de púas en un salto de huida, la aceleración con la que regresaba al piso. La precipitación de otro, al ser bajado de un tirón desde el techo de una guagua. El moméntum de las descargas a macanazos sobre caras tangibles. La flexibilidad de partes insólitas del cuerpo. Las nuevas anatomías, sin ternuras. La física de la violencia.

Museo del Apartheid I

Fuimos al Museo del Apartheid. Entramos por 25 rands. Pasamos por pasillos de fotos que filtraban a la gente que dejamos atrás. Llegamos a la galería, un gran salón apartado.

Es un museo inmenso y admirable, documentado con meticulosidad, variado y creativo en recursos, y extraordinariamente extenso. Lleno también de largos párrafos en sus paredes de líneas altas y duras, de elegancia sobria y monumental. Su espacio, masivo y fundido en letras, nos recibió como un gran museo del Holocausto. En alguna parte de Europa, lejos de África. Otro continente de palabras grandes, de admiración por lo escrito y reverencia por razones llenas en paredes envitradas. Donde los museos son un “cubo blanco” de distancia forzada– para ver mejor. Un continente monumentalmente visual que sabe olvidarse de otras razones percusivas, de la sonoridad de los espacios pequeños donde se cuecen los murmullos de todos los días. Los de otro culto, los que se criaron en un continente distinto y cambiarían las paredes altas y macizas por algo más susurrante y terreno, se quedaron igual sin voz. Su voz fue trastocada en letras y colgada de las paredes que no oyen, para exhibirse a otros. Perdieron la voz, otra vez.

En este espacio foráneo vi sólo una familia más oscura que yo, arremolinada toda junta, como sosteniéndose en ese derroche de hostilidad endémica, de violencia representativa. Entonces me di cuenta de que la expiación tiene muchas formas. Aquí hay un espacio para sanar la culpa, pero un espacio seguro que mantiene al margen a quienes la recuerdan demasiado cerca. Un espacio privado de penitencia, a prueba de dolor y otras catástrofes. Un hiato por encima de aquéllos que si bien pueblan las paredes, aún no son protagonistas. Penitencia privada, a 25 rands más impuesto de alfabetismo occidental. Para quien la compre– en Sudáfrica o en el mundo allá, allende los mares.

Navidad en Johannesburgo

El día de Nochebuena fuimos a misa. Los papás de Dave, nuestro hospedero, nos llevaron a la Central Methodist Church de Johannesburgo a la misa de 10:00pm. Las calles del centro estaban desiertas y había una luz fantasmal que le daba el aire de un set de película; y te recordaban por qué siempre te dicen que Johannesburgo es peligroso. Aunque durante el día se vea tan distinto.

Creo que lo único que tenía vida en ese momento era la Central Methodist Church. Mucha vida desparramada por las calles y las aceras que la rodeaban, por el paseo frente a la entrada principal, adentro y por todas las escaleras que daban al salón. Vida viva pero lúgubre y hambrienta, de gente que dormía en el piso en cualquier lugar. Vida viva con demasiado olor a calle y a intemperie de cartón y bolsas plásticas. Vida con una ráfaga de sed y sueño, y sabor a trabajo malnutrido. Bronwyn los conoce y nos dice que son cerca de 2,000 Zimbabweanos que se refugian en la iglesia. Conoce a varios, que la saludan con mucho cariño y abrazos bien fuertes. Somos los únicos ‘blancos’ entre el mar de gente esperando para entrar; aparte del pastor y una ayudante. La noche está llena de sonrisas lánguidas, algunos borrachos que quieren altercarse y una almohada de gente con tanta esperanza noble, como alegría adormecida.

Bronwyn conversa con uno, le pregunta que cómo está; que si está contento y le ha podido mandar cosas a la familia. Que sí, que está contento porque ya le mandó las cosas a su familia, pero no deja de pensar que no puede estar con ellos. Nochebuena es un poco triste “you see?”. Su sonrisa distante y voz bajita, agridulce, se riega entre los demás; algunos asienten, sabiendo. En Zimbabwe ya no queda nada. La inflación va por 11,000%. Si piensas visitarlo tienes que llevarte la comida y el agua que vas a usar.

El pastor manda a apagar todas las luces y empieza a repartir velas. Todos se ordenan en fila, bien apretados. Le podemos ver la espalda a muchos y nos damos cuenta que tampoco aquí se pierden oportunidades. Alguien había aprovechado la desnudez de muchos para anunciar en camisetas su negocio. Servicios funerarios, con todas sus bondades enumeradas. Alguien adentro va prendiendo las velas según entramos. En más de una ocasión temí que la iglesia y todo por dentro se encendiera verdaderamente en fuego, con el combustible de tanta gente apretada y cartón desparramado. Subimos las escaleras todavía entre gente y piernas garabateadas. Llegamos al inmenso salón.

Los que no se sentaron se acostaron en los pasillos al margen de los asientos. Empezó el culto y el trabajo se le durmió encima a los que se apilaron en el piso, con ronquidos pesados. Los cantos fueron vigorosos, en inglés, en shonga, en venda. Las manos agarradas y los abrazos también. Y la alfombra viva de seres adormecidos se regó hasta los asientos, anestesiando el aire denso que nos quedaba.

Anunciar la comunión fue un súbito despertar para los cientos que dormían, y para los despiertos en sus asientos que navegábamos el mar de gente con la cera de las velas extintas. Anunciaron el pan y el vino y la masa de gente resucitó de súbito para arremolinarse como marejada a recibir la minúscula hostia y la diminuta copa de vino. Hambrientos primero de pan y después de redención y vida eterna. Amasados en torno al altar, haciendo levadura con sus propias manos que estiraban la masa hacia arriba, hacia el altar.

Salimos pronto, porque estábamos en la fila de atrás. Lidereamos la masa de gente en el embudo de las escaleras, todavía lleno de gente y cartones. Bajando a media luz sólo se nos adelantó uno que, de prisa y brincando escalones, aseguraba: “I am from Mozambique, I am not from Zimbabwe!”

Jacoba

No te dejes contar por nadie lo que es viajar en el tren Trans-Karoo. Es algo tan largo que se te escurre de vista, tan estirado que te raja los ojos como sonrisas forzadas. Comienza con el calor de la tarde, para mascar la noche y tragarse el próximo día. Día y pico de tierra roja, estirada, trans-desértica.

Empezamos camino a las muelas de roca sedienta que nos esperaban de frente. El tren le arrancaba suspiros a la tierra salpicada de pequeños arbustos, asmáticos de sol. Algunos de esos suspiros, al principio, se exhalaban en viñedos frescos, lánguidos de humedad requedona. Pero cuando la tarde se fatigó, se fundieron también los suspiros en un mismo respiro de resuelta soledad. Casas dispersas y carcachas abandonadas rotularon el atardecer de plomo que se estrelló en la llanura descortejada. El cielo bajó su ciclorama de anaranjado, rosa y violeta en lo que algunos rayos tormentosos negociaban la oscuridad. Cayó la noche y me arrastré hasta mi litera en el calor pegajoso del tren y los pasajeros noctámbulos que no querían dormir.

* * *

Temprano en la mañana oigo una voz que musita en la cabina. La oigo abrir el increíble lavamanos de la cabina y lavarse la cara y los dientes. Decido despertar y asomar los ojos por el borde de la litera, hacia abajo. Una señora de blanco pelo rubio cose hexágonos de papel de periódico y tela. Una plantilla hexagonal de papel, un pedacito de tela surtida como envoltura, puntadas para pegar un hexágono al otro. Puntadas meditadas, de manos viejas y olvidadizas. Y el crujir desvelado del papel crispado en la costura. No recuerdo si fui yo o ella la que primero saludó. Tampoco puedo decir en qué idioma fue. Ella hablaba afrikáans y un poco de inglés; yo inglés y un poco de holandés. Tenía sesenta y cinco años y una voz fina y quebradiza como un hilo de agua. Cosía colchas para sus hijos. Le había hecho una a cada uno, le faltaba el último. Pero dos se le murieron este mismo año; uno de cáncer, otro que se suicidó dos meses después porque no pudo superar el dolor acribillante de metralla que se le quedó incrustada en el cuerpo hace diez años. Ése nunca se casó ni tuvo hijos, pero parecía recién encontrar su paz espiritual. Hasta hace tan poco. Su voz de agua se le salió por el borde de los ojos. Se le escurrió un sollozo, entre hilo y aguja que no paraban de buscarse en hexágonos de papel y tela. Pero la impecable discreción delató que llorar era menos accidente que una práctica de familiaridad acostumbrada; la prolongación de un ejercicio que llevaba varios meses masajeándole el alma.

Iba de camino a pasar la Navidad con uno de sus hijos y con su nuera que nunca debió serlo; alcohólica, desatenta. Pero allí va ella, con todo el amor que le queda, lo que le sobra ahora de su esposo e hijos muertos. Jacoba me cuenta de su vida y de la vida, ríe y sonríe y me da consejos, de cuando era joven, de cuando era vieja. En inglés y afrikáans entrecortado: que oiga a los viejos, me dice, oiga a los viejos y sus consejos. Y sonríe por la dulzura de su propio consejo. E interrumpe de tanto en tanto para explicarme arrebatos del paisaje: las vacas, que me gustaban, un árbol especial, las minas de diamante de Kimberley que en algún momento arrastraban la vida de todo el lugar y ahora no son más que carrocería de consuelo para turistas. Hablamos de las flores del Karoo y de las flores de Puerto Rico. Que a ella le encantaría tener flores de Puerto Rico. Con el café recién traído Jacoba se terminó de arreglar, se pintó los labios y me dio su dirección en un pedazo de papel de libreta. Yo le ayudé a bajar su bulto, pesado como tres, cuando se despidió poco después de Kimberley. Ella, mi madre llorosa y yo, todos sus hijos juntos, nos reguindamos en un abrazo tan rojo como la tierra.

Y el tren que siguió arrollando el Karoo, pasando cada vez más casas, y más verde, hasta la ciudad de oro, Egoli, Johannesburgo.

XVI. L.A. (entre paréntesis) y el acabose: fin de las Maquetas de sol

Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.
“Verano”, César Vallejo

Salí y vi detrás de mis hombros la figura cada vez más redonda de mi hermana. La niña vendrá en octubre. Me hubiera gustado que fuera en verano, pero no importa. El nombre la rescata, nos rescata a todos. Mar. Dejé a Mar y regresé a la ciudad sin mar, pero esta estadía sería breve. El destino final estaba más allá, en el Pacífico.

Ana del Mar y Mar frente al mar

No pude meterme al mar porque en Los Ángeles el agua siempre está fría, y porque yo no sé jugar con esa brisa que llega helada, y porque mis pies tilitan con sólo tocar la espuma. Todo es distinto, aunque todo se parece a algo que hemos visto siempre. Acá me encuentro por partes, pero me cuesta mucho ordenar mi cuerpo, mis pasos, mis mis palabras que cada vez son menos mías. Estoy como adormecida, y me voy llenando de fantasmas que no son los míos. Me gusta porque creo que me hago humo cada vez que veo salir el aire desde mi garganta, aquí, en donde los escondites son lugares públicos porque todos mis amigos tienen un permiso especial para fumar.

Matt y Dereck (Mr. Bones, debería decir) me muestran su identificación oficial para consumo de marihuana. Me dicen que es muy fácil, que llegas y le dices al doctor que trabajas de pie y que te duele la espalda, y que la yerba te alivia el dolor y te ayuda a dormir. Y listo. Te sacan una foto y te dan una tarjeta muy mona, con el borde verde y colores rastas. “Los miércoles son día de free J”, me dice Matt sonriente. Vamos a la clínica (no son hospitales, sino clínicas especializadas) porque es miércoles y Matt espera ansioso su porro gratis (es como la sorpresita de McDonald’s) y vemos el menú (sí, como en Ámsterdam, pero con buen clima todo el año), se decide por esa que aún no ha probado. Los dedos se pegan a ese pequeño nudo de verdes, lilas y naranjas. Es como fumarse un atardecer en miniatura. La maqueta del verano. Se la dan de inmediato en un potesito verde que dice en letras muy grandes: “for medical use only”.

Manhattan Beach (recuerdos de Baywatch)

Los Angeles es algo parecido al paraíso. Un poco por todas las películas de Hollywood, y por ese clima seco y frío que nunca es tan frío porque el sol siempre sale, y que nunca es tan seco porque el mar está ahí. Un poco también por Melrose que siempre está lleno de paparazzis (allí vi a Aaron Eckhart, el Two Face de Batman), y por todas esas chicas lindas que son meseras, que son empleadas, que son caminantes, que son modelos, que son ricas, que son pobres tratando de ser ricas. Parece que a todas les hubieran dicho que debían salir de Alabama, de Kansas, de Ohio, de Idaho, y de todos esos estados en donde ellas, seguramente, eran las reinas. Y ahora están por aquí, merodeando esta ciudad que es como un paréntesis lleno de graffiti, como una frase que siempre está a punto de decirse

Melrose, según los escribas de la calle

Me gustó la geografía que abusaba a cada rato de mi inexperiencia. Cada vez que creía que el mundo era plano, agarraba el carro y comenzaba a bajar, y a bajar como si fuera al mismo infierno hasta que llegaba a la playa y allí, sentada frente al mar, veía cómo a mis espaldas se levantaba el universo. Muchas casitas (casitas que son casotas) subiendo una escalera, como uin bizcocho de bodas a punto de caerse porque no me puedo sacar de la cabeza que aquí la tierra tiembla. El Pacífico es frío y un poco salvaje. Vi una foca, un delfín, y un pájaro muy grande herido, recostado en una piedra. Cuando salimos de Malibu, el pájaro ya había muerto y unos hombres intentaban levantarlo, antes de que atrayera a otros animales con malas intenciones, o que comenzara a expedir su olor a muerte. Recapitulé mi verano y no vi nada más que a ese pájaro anunciando su muerte lenta frente al mar. Me supe cursi y olvidadiza. Amnesia de agosto. Normal. Si me puse triste, no fue por el pájaro (algo de eso habría) sino por la certeza del regreso y el fin de los mares por otro par de meses, y por saber que una vez allá, olvidaría todo con esa obscena rapidez que exige el estudio. Por eso lo escribo. Y ya al escribirlo voy olvidándome de las caras, y de las cabecitas doradas, y de los puertos, y de su voz que me llegaba rota al otro lado del teléfono, y de la mano aquella que me tocó en El boricua, y de los poemas que le escribí, y de las canciones cristianas (de cuando íbamos a la iglesia) que cantamos frente al NewYorrican Café, y de la barriga de mi hermana que ya no volveré a ver, y de todas las mañanas en LA jugando ping pong, y del tren aquel que tomamos para ir al Getty, y de Manhattan beach, y de la piscina en donde hablé con Pablo que después supe que se llamaba Greg, y de la casa esa en la número dos que tanto le gusta a mi mamá. Se me desmorona el sol y se me derriten todas las maquetas.

Orilla Pacífica

Hoy regresé al apartamento y Eric me dijo que Greg ya no vivía aquí. Lo echaron porque no pagaba los “fees”.

Verano, te vas. Y me dan pena las manitas sumisas de tus tardes. Llegas devotamente; llegas viejo; y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Casi de noche, Los Angeles