(Paréntesis primero: de viaje)

Experiencia parece siempre determinarse por la facultad del estar. Por la capacidad de confirmar y afirmar la indisputable opacidad de un evento. De presenciar y de absorber presencias.

Hoy, treinta de abril, es Koniginnedag en Holanda, el día del cumpleaños de la reina (Wilhelmina, con todo rigor, que no Beatrix, la reina actual). El día más esperado de todo el año, donde la ciudad entera se vierte en calles y canales repletos de gente en la apoteosis de la extravagancia. Mares de gente y de anaranjado que convierten la ciudad en un espacio agobiante y verdaderamente intransitable. Se vierte la ciudad y se vierte la gente y la basura y la cerveza por todas sus calles. La parafernalia más empecinadamente conspicua (anaranjado –de la casa de Orange; rojo, azul y blanco –de la bandera nacional) se vende con anticipación al evento para acentuar la determinación de su ineludible presencia. Caravanas interminables de botes con los espectáculos más estrafalarios rellenan los pocos hiatos de presencia que comúnmente le quedarían a la ciudad, haciendo del agua otra tarima más al servicio de un acto de presencia absoluto. No hay términos medios: quien no se quiere rendir al evento se queda en casa o escapa con anticipación. Ni la regularidad persistente del capital opone resistencia; o juega con las reglas del día –vertiéndose en la calle con música, parafernalia y mercancía– o se suspende hasta nuevo aviso. Es un día también de venta de hasta los últimos recursos. Semanas antes del evento dueños de negocios y ciudadanos cualquiera demarcan parchos de calles y acera para asegurarse un espacio de venta. Para verterse con lo que haya o lo que sobre; con lo que quede y con todo de lo que uno nunca se puede deshacer. Y lo que no se vende, se queda en la calle.

Esta vez decidí quedarme en casa. Por aversión como por necesidad. Quería también probar mi indiferencia a una presencia absoluta. Probar la experiencia de no estar.

VI. Ana y el amor. Vasos rotos en verano.

<strong><small>Ana enamorada. Verano 2006. <br> Almagro, España.</small></strong>
Ana enamorada. Verano 2006. Almagro, España.

Cuando Ana le preguntó, desesperada, “¿Por qué?”, Él le dijo, muy campechanamente, que porque estaba gorda y porque, además, aún no dominaba del todo el francés. Cuerpo y lengua: dos cosas que mi amiga había cedido casi por completo. Las razones eran, a la vez, simples y trascendentales, superfluas e inconmensurablemente íntimas. Fue eso lo que casi mata a mi amiga. La absurda claridad del mensaje en un momento en donde lo que se espera es un montón de balbuceos y de interferencia. Nos hemos acostumbrado a regodearnos en las rupturas, a dar discursos ambivalentes en donde el ser y la nada entran en juego, y en donde la culpa es nuestra, pero nos trasciende y de cierta forma, nos libera. blah, blah, blah. Todos participamos, tarde o temprano, de ese antiguo rito de la despedida. Mucha mierda, sí, pero al menos conocemos la dinámica. Al parecer, Él no la conocía. El francesito nos había salido hijo de puta y ahora teníamos que socorrer a Ana, triste y sola en la ciudad del amor. Corría el verano de 2006. Han pasado sólo dos años, pero se siente lejos, lejísimo. Me pregunto si el tiempo ha transcurrido igual para ella.

Ana había comprado su boleto de avión rumbo a París, en donde se quedaría con Él por 30 días. La relación parecía estar funcionando, aunque fuera a distancia. Se habían conocido hacía tres años allí. Ella trabajaba temporalmente en un museo en Bogotá y como parte de su entrenamiento fue de visita al Louvre. Criada como la mayoría de las bogotanas, Ana sabía que tener un novio de la gran metrópoli constituía un logro. Pero no fue sólo por dictamen nacional o complejos heredados que Ana se enamoró de Él. Ana se había enamorado como se enamoran las muchachas en los cuentos de hadas, y de la única forma en que una chica como ella se podría enamorar: intensamente, con esa disciplina que se exigen algunos amantes de renunciar a lo suyo, para poder abrazar mejor eso otro. La recuerdo contándome su historia de amor, sus ojos negros se cerraban como si así se trasladara hasta ese gran país que llevaba el nombre de Él, su rostro perdido entre los rizos negros, su piel blanquísima, sus mejillas rosadas. Ahora Ana camina, como una muñequita rusa portadora de mil historias, sin poder contener las lágrimas en esa ciudad que hoy no es más que la casa del miedo y del dolor.

Todo esto me llega en un email tan desarticulado como debe estar la pobre Ana, que ha adelantado su viaje por razones obvias, y necesita que la busque al aeropuerto. No tiene dinero para ir a Colombia y dejarse morir unos días en los brazos de su madre y sus hermanas, no tiene casa por el próximo mes, no tiene ningún otro amigo. Ana está sola. El mundo ha dado un giro inesperado.

Tan pronto la vi recordé mi propio dolor, años atrás. Los huesos le rompen el pecho. Está tan delgada que me da un poco de risa imaginarlo a Él diciéndole, “Estás muy gorda.” Sus ojos están más negros que nunca, como si el llanto le hubiera dado una profundidad que hasta ahora no le había reconocido. Tiene el pelo muy largo, y lleva una blusa blanca con flores azules bordadas. Está más hermosa. A veces pasa que el dolor nos embellece.

Nos buscamos como si fuéramos dos animalitos, o dos niños muy pequeños en busca de sus pares. Nos habíamos despedido hacía poco en Madrid, pero no esperábamos vernos tan pronto, y bajo estas circunstancias. No puede sostenerse, ha estado esperando días larguísimos para poder desplomarse delante de otro cuerpo amigo. Escuchamos música, he traído varias opciones. Me agradeció que no le pidiera un reporte de lo que aconteció en París. Luego hablaríamos. Escuchamos a Gustavo Cerati, y nos detuvimos en la canción “Adiós”:

Suspiraban lo mismo los dos
y hoy son parte de una lluvia lejos.
No te confundas, no sirve el rencor,
son espasmos después del adiós.

Recordamos aquella conversación que habíamos tenido hacía apenas dos meses atrás, comiendo helados en la Plaza del Sol. Le había preguntado por Él. Estaba emocionadísima por el viaje. Serían treinta días al lado de su novio, leyendo novelas, escribiendo poesía, caminando por la ciudad de su brazo. Le pregunté qué haría si algo pasaba entre ellos. No sé por qué me dio con preguntarle eso, quizá porque hacía apenas una semana yo había terminando con quien había sido mi novio y mi mejor amigo por casi tres años, y me planteaba preguntas similares todo el tiempo. Su respuesta me gustó, pero no le creí. Sonaba demasiado lúcida para una mujer tan enamorada como lo estaba ella. Me dijo algo así como que todo estaría bien, que el mundo no se acababa y que siempre le agradecería a la vida que le hubiese permitido conocer a un hombre como Él. La veo ahora como la vi aquel día, atrapando las gotas de helado que mojaban sus dedos, afilando su oscura mirada, con el sol implacable en su espalda dibujándole una aureola roja sobre el negro de su pelo, toda ella tan ajena al futuro, y a la vez, tan alerta a su corazón.

Me imaginaba lo que sucedería en los próximos días. Serían los más largos de su vida, y yo tendría que hacer algo para acortarlos. Porque es en esa hora que tus ojos se abren y recuerdas las piezas del rompecabezas, cuando algo parecido a la muerte te roza la piel, y lo ves marchándose con sus cosas en una mochila y te parece que el mundo se acabó, porque el mundo está allí, entre sus camisetas y sus medias, sus libros y sus discos. Y no te mueves de la cama, pero tus ojos estallan, y recuerdas el dolor de la piel que rodea tus ojos. Tratas de calmarte, sabes que si sobrevives esos cinco minutos, vas a estar bien. Lo haces. Te levantas como puedes y te echas a andar. El olor a café facilita las cosas. Por eso he procurado levantarme antes que ella, para hacer café.

Es verano en París y es verano en Atlanta. Ana escribe una nota en su calendario en el día exacto que Él la dejó que lee: “El día que Claude me dejó. El día en que París comenzó a ser París”. No entendí esto último, pero me gustó. Era la reafirmación de algo, y la claudicación de otra cosa. Me gusta su catarsis, que llore cuando le plazca, que escriba los muros, que deje recordatorios por ahí, que no le tema a la ruta signada por el dolor. Ana es un vaso roto, el agua se desborda, lo único que puede hacer ahora es chapotear un rato.

Khayelitsha I

Ese domingo decidí pasarlo en Khayelitsha con Yozi y Pupa. En la tarde paramos a comer un braai, carne asada, en el kiosco número 17, el mejor de toda Khayelitsha. En lo que decidíamos quién buscaba el pan y quién hacía la fila para la carne Yozi se encontró con un conocido, un muchacho en camisa y gorra blanca. Hablaban en xhosa y yo en realidad no me concentraba en nada, aparte de por primera vez darme cuenta de lo verdaderamente enorme que es Yozi. Del muchacho no recuerdo nada más que el color blanco y de él me hubiera olvidado, si no fuera porque Yozi después me hizo recordarlo (o inventármelo).

Terminaron de hablar y Yozi me pregunta si quiero acompañarlo a comprar el pan, que quiere decirme algo. Que si recuerdo al muchacho de la gorra blanca. Bueno… Con el que estaba hablando horita. Pues sí. Pues a ése lo conoce de la iglesia. (Yozi conoce a mucha gente de la iglesia donde las masas de gente del Eastern Cape –provincia colindante, rural y de donde él mismo viene– se reúnen domingo a domingo.) Está de blanco porque es de la 22, la ganga que más reparte en el mundo ya bien repartido de las gangas de Khayelitsha. Que ellos nunca están ‘por ahí’, ni sólo para ‘hacer un braai’, ni nada por el estilo; siempre están en una ‘misión’. Que por eso él le preguntó que dónde había estacionado el carro. Que las cosas que hacen son feas. Que no les importa quién tú eres.

Pero que si estoy con él estoy segura, porque a él lo conocen. No conocían a Pupa, pero Yozi se lo señaló para que supieran que andaba con él. Con él estoy segura en la mayor parte de Khayelitsha porque a él lo conocen en casi todas partes. Pero no en todas –en algunas lo conocían antes pero ya ‘no lo conocen’. No sé si por haber pertenecido a otra ganga (el verbo es complejo aquí –con todo rigor debería ser en presente, porque en principio uno nunca puede des-hacerse miembro de una ganga) o por haberse vuelto cristiano.

Compramos el pan y comimos el braai; y descubrí el mejor método para limpiarse las manos llenas de manteca hasta la muñeca: el gran balde de agua con jabón de lavar ropa que tienen las dueñas de los kioscos para uso del negocio. No hay más que mojar las manos una vez. Mejor que media hora de jabón restregado. Y cada balde da como para mil lavadas.

Esa misma tarde estuvimos en Enkanini, la parte más nueva de Khayelitsha, donde los shacks nacen día a día con inmigrantes que llegan de Zimbabwe y de media África. La parte donde hay menos piedad –que en Khayelitsha quien no tiene conexiones está perdido. Una letrina azul tiene la silueta de un ojo con el número 28. Yozi: que le tome una foto, que después me explica. Pupa, que es experto en sacarle historias a la gente, entretanto, se las saca. En algún momento le pregunta algo a un niño de trece o catorce años medio resentido y con los brazos siempre pegados al cuerpo. Yozi: que las gangas en Khayelitsha se distinguen por número, de acuerdo a lo que hacen: la 26 robar, la 27 violar, la 28 matar a quemarropa. El truco es hacerlo todo de la forma más pública posible, así es que se gana para la ganga. El aspirante (o perspirante) empieza con tareas mínimas, suficiente para que le arresten y abran récord. Después tiene que reincidir, para que esta vez lo manden a la cárcel por tres a seis meses. Ahí empieza la escuela. Cuando sale, la calle es suya –tan pronto cumpla con la misión asignada por su mentor en la prisión. Cada ganga tiene su territorio y se distinguen por su ropa: abrigos de cuero negro, gorras blancas, ropa Lacoste… Gente de distintas gangas tratan de no juntarse en bares u otros lugares. Si vas a un shebeen en terreno de otros, mantienes un low-profile y no hay problema. Cuando nos despedimos, al niño-muchacho se le escapó de debajo de la axila una sonrisa de tres o cuatro pulgadas de largo y varias puntadas de espesor.

Si hay algo que asusta en Sudáfrica son las cicatrices que relampaguean sobre las pieles de ébano de la gente de un día cualquiera. Cartografías, a veces desbordantes, que escapan en su extensión la mirada furtiva que te permite el metro de las cinco de la tarde. Mapas con demasiadas referencias, que no te dejan preguntar.

V. Agujeros

Esto no es un diario de viaje, aunque a veces quisiera que lo fuera. El movimiento ha cesado hace algún tiempo. Trato de vaciar un verano aquí en esta ciudad tan ancha, tan llena de árboles que se comen las carreteras. Tan sin mar. Desde mi ventana parece que miro cualquier paisaje de la isla, los verdes, el cielo, la forma en que la luz se rompe en las hojas, la brea caliente. Narrando el verano me he dado cuenta de que la única forma de contarlo es agarrándome de los detalles y del recuerdo. Es eso lo que sostiene mi estadía aquí, lo que constituye mi afecto por este lugar. Ya no voy a los museos, ni al acuario más grande del mundo (que según los atlanteños está aquí), no me interesan los clubes de jazz, ni el zoológico. Ya no me interesa ver la casa de Martin Luther King. Mi historia es breve y está llena de agujeros por donde entra el agua y la luz, sus manos, y mi boca. Y me dan ganas de escribir del olor del café que me despierta por las mañanas, y de cómo su cuerpo se estira en la alfombra de la sala, y de los libros amontonados por ahí, y de la yerba y de los pájaros azules y rojos que cantan en mi ventana. Esto es lo que hay, éstos son los materiales de mi vida. Reporto el ritmo de mi cuerpo, la sensación más primitiva, el murmullo de mi cabeza. Eso es todo. Lo demás es sólo un montón de verano.

El calor es insoportable. Despierto sola en la cama, bañada en sudor. La idea de la piscina se fija en mi cabeza. No tengo hambre, lo único que tengo es calor, y ganas de acostarme en el fondo de la piscina, como la chica de la película. Me tomo una taza de café y bajo de prisa las escaleras. Otra vez la luz, como si el cielo fuera una pluma abierta malgastando toda su agua. Me arden los pies. Camino más rápido hasta llegar al portón, y veo que no hay nadie. Me agarra una sensación de poder casi infantil. Toda el agua me pertenece. Me siento en el borde y dejo que mis pies se acostumbren al frío. Miro los árboles que me rodean y veo sus caras desfiguradas en el agua. Mis ojos tiemblan. Miro al cielo, enorme, azul, un gigante hambriento a punto de comerme. Pienso en Dios y en los ángeles. Mi cuerpo se cae, hasta el fondo. Qué delirio cuando el agua va cubriendo cada poro, como una reunión de buenos amantes tragándose mi cuerpo. Veo el cielo tambalearse desde abajo, creo que me veo dibujada en la superficie del agua. No tengo nada que hacer. Podría pasarme la vida aquí debajo, convertida en pez. Se rompe el hechizo con la caída de otro cuerpo. Llegan los demás. No tengo ganas de ser parte de la manada. Me encamino de regreso a mi apartamento cuando escucho un ruido, un gemido que se ha escurrido por una de las ventanas. No me atrevo a mirar, pero me detengo para corroborar este nuevo material que podría servirme de algo. Son ellas, Leila y Jennifer, haciendo el amor. Son las once de la mañana. Sexo mañanero, sin cepillo de dientes ni desayuno, ni café de por medio. Sólo dos cuerpos resistiendo el comienzo del día.

Mi huida toma la forma del deseo, mis pasos van dibujando obscenidades. Llego a mi puerta. Trato de ponerle algún orden a mi cuerpo húmedo de piscinas y de voces escapadas por una ventana. Abro la puerta y el silencio me golpea como una ola. Nada, nadie. Sólo yo, escurrida debajo de las sábanas, me invento cientos de amantes que, como el agua, se tragen este cuerpo.

17 de noviembre de 2007

Este día, caminando en la playa en una mañana que, en ese momento descubro, había sido de tormenta, se me estrellaron las pocas palabras que apenas me empezaban a despertar. Contra la arena, como todo lo demás.

Rolling pearls of jellyfish
Glinting at the sun
Stray remains
Of broken kelp
And thirsting small anemonae
Battered otters
Dying seal
A routed penguin
At the sea

A sea snail stung
In dead embrace
And one that burrowed
By my feet

A walk at sea
To make of me
Too much a low-
Profile survivor…

(El último verso me lo prestó Ganif.)