Penetración 73

era hueca la boca al pasar
hueco era entre los muslos negros
(gordos como el tronco de una ceiba)
hueco el instante después de la cadencia
hueca también la mirada famélica y el dolor de socavar
sólo fue no hueco el sueño que vino luego
la tibieza de la leche derramada
y la desesperada labor-pasión
de ser más hombre que el espejo.

el fondo de los lagos

deseé cambiar mi vida
moverme hacia adelante
conocer destinos nuevos
pisar con estas plantas planas
el fondo baboso de los lagos
tener un cuarto sola
que el radio no lo apaguen nunca
escribir, al menos
un poema diario
(365 al año)
vivir el verano como manda el sol
descalza
de cuerpo en cuerpo
de agua
de taller
de bar en bar
besando sapos esporádicos
por aquello de
andar con poca ropa
usar falda más frecuente
treparme liviana
en las corrientes de aire
mecerme feliz sobre el baile de las hojas
querer a todo el mundo de la misma forma
llenarme los pasos de pasión
buscar las cosas simples
mantener el ritmo vivo
soñar todas las noches
documentar todo lo soñado

impaciente

recuerdo en la espera…
las arrugas en la frente duelen
cuando se convierten en superlativos huecos.

me retuerzo en el desliz de la lengua,
no queda más remedio que ver como
maduran las piezas en su lugar indicado
mientras consume la piel una dejadez glauca.
me deshojo a son de cebolla
en una función masoquista del tiempo.
me sumerjo hondo en una sopa de nigromancia,
y la presión dobla,
aprieta,
implota,
revierte tripas…

esta vez,
encuentro demasiado tiempo
en el intersticio de indolencias de jade
y floto ahogado,
henchido del vaho esmeralda
de un pantano de recuerdos.

Él, villano (o Telenovela de sofá)

Doña Elsie estaba sentada en su sofá destartalado viendo la tele; viendo la tele como todas las señoras que cocinan arroz con pollo a las seis y ven el bloque de novelas, sentaditas, de siete de la noche a diez. Barrio Obrero hervía. Mitad de julio. Hacía calor. Tal vez por eso el sofá estaba junto a la ventana; junto a unas cortinas inmóviles que parecían más un mosquitero que otra cosa. La brisa a veces se colaba. Los palos de quenepas apenas se movían. A las 8:35 José Armando le confesó a Patricia Santibañez que él era su padre y que, con sus manos, había matado a su mamá. Sonó una musiquita tétrica de fondo. Después la reacción acompañada de las lágrimas.Yo lo sabía. Ese hombre es el diablo, es malo de vicio, repitió. A la doña se le revolcó el estómago pequeño. Se puso la mano sobre el corazón y se le secó la boca. Siempre lo supo. Don Armando era un galán, un hombre bello, rico, demasiado hermoso, no podía ser perfecto. Se persignó aterrada y se sentó más cerca, con la cara más pegada al televisor. La señorita Patricia extendió la mano e intentó sonarle un bofetón a su papá. Pero no pudo. La mano de su padre era gigante. Logró esquivarla. Acto seguido la empujó. Los tacones europeos se enredaron en la alfombra persa color azul, los ojos se le aguaron en cámara lenta, la señorita Patricia cayó de espaldas por la escalera. La escena fue terrible. La pobre vieja por poco se muere de un patatú.

Mientras la cámara dos enfocaba a la señorita rodando escaleras abajo, la cámara tres hizo un close-up de José Armando. Acto seguido, se fue la luz. Nadie avisó. En la casa no quedaban velas. La doña se quedó intranquila en el sofá, incapaz de pararse, con las lágrimas bajándole junto al tabique de la nariz, con la luz de la luna delineándole la cara. Apenas se reponía. ¿Qué habrá pasado?, se preguntó. Sonó la puerta de su casa. Miró hacia el lado y lo vio. José Armando estaba sentado en el sofá. La arritmia se le hizo evidente. Le llegaron los primeros síntomas del asma. Los ojos negros del señor brillaban como nunca. Viéndolo desde tan cerca, a su lado, tan gigante, tan hombre, sabía que cualquier intento por zafarse, por matarlo, por vengar lo de su hija, resultaría en algo vano. Tragó un poco. Preparó las piernas. A la cuenta de tres salió corriendo hasta su cuarto. José Armando alzó la mano con las peores intenciones. Tenía un puñal filoso sacado de nadie sabe donde. Él la siguió. La doña se encerró, puso el pestillo. Todo estaba oscuro. Unas cortinas gruesas tapaban las luz azul que se supone entraría por el cuarto. José Armando arremetió contra la puerta. La Doña se detuvo, buscó el teléfono, se sentó en la cama y marcó.

La policía llegó en trece minutos. Entraron y él seguía allí. Eso no estaba en el libreto. Forcejearon un poco, se amenazaron. Él es culpable de haber matado a la madre de su propia hija y de empujar a la Señorita Patricia por las escaleras. Yo soy testigo. Ella está embarazada. El desgraciado la empujó. Cuando los oficiales le pusieron las esposas llegó la luz. La Señorita Patricia se agarraba la barriga aterrada detrás de la pantalla del televisor, tirada sobre el mármol de la casa de los Santibáñez, llorando sin la necesidad de una cebolla. Los policías entendieron. El único detalle es que no supieron qué hacer con él, si llevarle al cuartel estatal de la barriada, que estaba a dos calles más arriba, o devolverlo a la ficción de donde procedía.

Los oficiales de la ley tuvieron que hacer llamadas, tener conversaciones largas con el teniente-coronel, verificar en los anales históricos de la isla sobre casos como este. Al fin y al cabo decidieron llevarse al asesino. Lo era. Lo encerraron en la celda del cuartel. Cuatro días comiendo pan, agua y galletas. El día numero cinco José Armando logró escaparse y regresar por su cuenta a la novela. No pudo, sin embargo, regresar a su papel de villano porque mientras estuvo encerrado en el cuartel de Barrio Obrero, la historia de amor tomó otro giro y él se había convertido en un recuerdo oscuro, en uno de los tantos obstáculos tortuosos que la Señorita Patricia y el Señorito Luís Emilio habían, ya, por fin, vencido.