Quinto de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.
Representar el mundo como un enredo o una maraña o un ovillo, representarlo sin atenuar en absoluto su inextricable complejidad, o mejor dicho, la presencia simultánea de los elementos más heterogéneos que concurren a determinar cualquier acontecimiento.
– Italo Calvino, “Seis propuestas para el próximo milenio”, Capítulo 5: “Multiplicidad”.
El surrealista se cansa de una actividad total de su ser que lo enfrenta a los peores peligros y lo enemista con el entero orden social: en la hora del reposo, escoge el instrumento preferible para continuar el avance en la superrealidad; se queda con el mejor, que es siempre un instrumento de raíz poética, un instrumento mandarín pero cargado de oscura eficacia cuando él lo toma entre sus manos.
– Julio Cortázar, “Teoría del túnel: Notas para la ubicación del surrealismo y el existencialismo”.
Antes de que se acabara la fiesta, el humo de las velitas y el apagón, rompieron los platos cuatro en complicidad. Roberto no había enseñado lo suyo en medio de la sala sólo porque no era despedida de soltera y Amanda no acababa de pasar las bandejas llenas de entremeses vegetarianos. Fue que se acabó el vino y entonces el milagro de las Bodas de Caná, los gritos de Emmanueli en la cocina cuando se convirtieron en casi nada las copas y Berta recogió los cristales, los pedacitos, porque los vasos finos eran de Murano y los destrozos salen minimalistas, según las breves intermitencias ventosas de cada artesano que se fija entre los escombros lombardos de su reflejo en el agua de un canal.
El fantasma de la infidelidad recorría Europa, pero en Bairoa Heights, en Bairoa Heights, del Municipio Autónomo de Caguas, la infidelidad nada tenía que ver con la longitud de lo suyo y menísimos con el tal bandido, llamado Roberto se ha escrito ya. Todo lo contrario, estábamos todas y todos de get together bon aniversaire de la fete Grimaldienne: los publicistas de la agencia, los periodistas amarillosos y los empresarios de la industria de la construcción. @ Stefanía. Pararon las ruletas, negros y rojos, regresó Grace, el aeropuerto de Mónaco. Arrestaron al chofer.
Emmanueli me dice por aburrido que no empiece. Yo le contesto que ya empecé, y el tema giraba en torno a las inundaciones y las consultas de planos y mapas de ubicación. Berta se ofuscó en los problemas del catastro alemán, casi perfecto, y en el atraso de nuestra ley de propiedad horizontal, mientras la dueña de la humilde residencia residencial se resignaba a consolarnos de la siguiente manera: “No se preocupen, todos los camarones que se están comiendo con salsa marinara son de CostCo y fueron pagados a crédito ayer, no empece los nubarrones que se asoman burlones por la cordillera del negocio, con la Visa Gold”.
En ese momento la perrita terrier se sentaba a mover el hocico de lado a lado frente al cornudo, porque intuía el peso de la infidelidad. Los resoplidos del mercader de Venecia lo delataban, cristal murano, y su mal aliento empeoraba la triste situación. La perra ladraba bajito y la dueña ignoró las atribuciones de inquisidora del can. “¡Canten, canten!”, pedía la dueña, ladraba la condená, apoyada con sombrero de cívica del piano de cola que estaba instalado, redundo, lo sé, en medio de la sala de estar. “Que alguien se apiade de la memoria de Rocío Durcal, la más mexicana de las españolas, y que se digne a cantar como dama de alta sociedad”.
Ch.
Enseguida la doctora Rodríguez accedió a la petición, no podía desaprovechar esta oportunidad para ser la envidia de todas sus primas Conrado, esas muchachas que no quisieron arrimarse ni a la clave de Sol ni a la clave de Fa y que, en cambio, escogieron maridos maravillosos, que tenían hogares de envidia y de porcelana fina, con marquesina doble y todo, y que ya estaban en son de volverlas a hipotecar para ampliar las terrazas, los balcones con los jardines colgantes a la Babilonia, las alfombras persas asperjadas de ácaros y el display de cuadritos de las garitas en decoupage.
Al observar esa escena bucólica (enfocaban en el pastor) que incluye a la pareja borracha que susurraba obsenidades mientras se manoseaban frenéticamente en una esquina del comedor, el piano decidió que la noche no estaba como para teclas blancas, ni bemoles, ni jurisdicciones pentagramáticas de urgencia atonal. Todo lo contrario, al muy maderudo depresivo gruñón le dio con desviarse hacia las bachatas infames, sustitución pecaminosa que obligó a bajar a las niñas del Colegio Puertorriqueño, que descansaban bronceadas en el cuarto de huéspedes; último del hogar.
Las niñas bajaron, “mami, mami, mami, ¿qué hora son en este cuarto tan grande, con espejos de pared y lámparas de lágrimas color de diamante, con destellos de azul pavo real?”, curiosas, las muñecas hablaban. “Pues, hijitas mías, el azul pavo real tiene que ver con los escudos de sus apellidos constantes y repetitivos, y las pausitas, esos mismos que ustedes apuntan en las libretas caligráficas para el laboratorio de las monjas, los escritos que van a plasmar en sus capitulaciones matrimoniales; una vez decidan que es hora de que Roberto y lo suyo las trabaje por detrás.
Gracias a Dios y a la Virgen Santísima que el jardinero no escuchó nada de eso y que sus faenas comenzaban mañana por la mañana. Tijera en mano. Zas, zas, zas. El bizcocho se cortó y el pedazo del medio con los huevos a medio batir le tocó al hombre de la caza. “Datuipa, Datuipa, mi vida, cuando termines ahí, ¿me puedes sacar la basura, por favor?”. Dos codornices trajeron los perros en las mandíbulas luego del escopetazo, y esa última petición con perdigones fue de tan mal gusto que Datuipa tuvo que hacer un esfuerzo ignaciano para darle delete. Fin de su contemplación gastronómica con la pechuga rostizada del faisán. Según Emmanueli, al tipo le encantan las despedidas de soltero en los barrios negros de la capital, con putitas de tetas duras y nada debajo, con el coño directamente expuesto al rojo cranberry de su Martini Cosmopolitan.
Fregó Silvettina.
Betty mapeó.
Z.
El bingo estuvo a cargo de Naraducción y el chisme mejorcito de toda la noche lo contó Rampunsel. Son los viejitos de la casa de al lado los más sufridos –eran las trenzas, fue confirmado– porque el piano, obsesionado con las teclas negras y las corcheas semifusianas, decidió exorcisar con escándalos su oloroso mal estomacal. Una foto, familia, una foto para la revista Magazín. Yo pude distinguir entonces el centro de mesa y sus florecitas de Casa Febus. Eramos todos centralizados, leyendo poemas de Mario Benedetti y posando frente a la pila, detrás del cura Cosntantino, para la pose caricaturesca del inconsciente bautismo infantil.
Rosita me confesó que era alérgica al flash. Yo se lo perdoné con dos genuflexiones y un beso en la mano y, por si las moscas, anuncié a toda la ilustrísima concurrencia que me entró una llamada. Dejé que la copa rota echa pedacitos –redundo, lo sé– descansara sobre el chinero –nadie la vio– y en un abrir y cerrar de ojos me eché par de gotas de LSD y brillé la tetera de plata. Proust, loca sucia, para colmo parisina, no pude evitarlo, era setentoso y estaba pasado de moda pero esa mancha delataba otra infidelidad. La perra terrier se inclinó como para ensuciar algo y soltó una meada justo en medio del pasillo, sin permiso del cuadro de Alicia Alonso que depositó allí el representante artístico de Francisco Rodón. El piano hizo mutis, digo, las teclas blancas y su director sinfónico, y las mazurcas que provenían terribles de ese silencio del clacisismo (léase ascenso del criollismo) me penetraron los tímpanos. Caramba, Roberto, ¿usté no cree que en ocasiones como esta será mejor enviar las invitaciones en papel de hilo falsificado, superchería, pero por Internet?
II.
Es el momento de los gemelos filántropos, el brindis y la divulgación massmediática de la campaña publicitaria Somos Iguales, de SER. Es el momento de abrir los regalos, destellos de papel de estraza, que es mate, de acordarse de los aniversarios. Es, sin dudas, la noche de Silvette. Yo poso para el lente de Magazín, pícaro maquillado, ella se esmera en abrocharse el botón de madreperla y ajustarse las enaguas semitransparentes. Mami, qué rica. Yo le cojo el ruedo sin querer. “Silvette, amor mío, anoche te pegué cuernos con Emmanueli, todo está bien, cariño, todo está bien?
Hubo complicaciones, ciertamente, las hubo, porque las niñas bajitas vestiditas de ballet para la premiere del bronceado quisieron que su padrastro las ayudara a completar la asignación de inglés. Mark Strand tuvo que tapar huecos, pero contentísimo, porque lo suyo –olvídese de Roberto ahora– era la improvisación. My darlings, listen to me carefully:
‘Open the book of evening to the page
where the moon, always the moon, appears’.
Eso les dijo, o algo con textura bechamel que se viene lento y así.
K.
Si vieran las telas y cómo las fruncían para que no se enlodaran. “Jaime, por favor, aguánteme el ruedo y la mariposa brocado agridulce aquí”. Jaime, cansado de estar de pie y sonriendo, se cuestionaba para sí: ¿Es boda o es wedding banquet?, robó alguna vez entre tanto cuestionamiento, hubo sed de justicia y contrato de servicios profesionales. Esto último entre tanto trámite notarial. Hubo amores en las alcobas de la servidumbre –más manchas, redundo, lo sé– y hubo que madrugar para hacer las camas y trasnocharse para mantenerlas calientes; antes de que los amos lo ignoraran por enésima vez como ritual propiciatorio del pasto y del irse a acostar.
Dieron las doce sin cenicientas, sólo con la protagonista simple y real de este cuento clarito: Cruella de Ville. Dieron las docen en punto y sereno y la madama se llevó el arreglo floral de su centro de mesa; un pétalo y su rocío se llevó por cada campanada. Tlon. Tlon. Eso se supo al día siguiente, cuando la Amanda, heredera legítima del inmueble inundable de Bairoa Heights, se sentó a leerle a la terrier su destino según iba apareciendo en el Tarot. Ahorcados no. La zota de oros no.
III.
Emmanueli echó un vistazo a la comarca de Willie Miranda Marín, alcalde, y al regresar el rabillo del ojo a la casa tropezó con los borrachos de la esquina del comedor. Eran 70 años. Los mantelitos ya, a esa hora, estaban desajustados. La leña de la chimenea seguía siendo de plástico y el jarrón chino contenía las mismas guajanas secas de la zafra del 52, como si aquella sala no se inmutara ante las frivolidades de tantas aves del paraíso a sus anchas y flotara como una pompa limpia por el jabón. Una verdadera sorpresa, todo aquello, porque la verdadera fiesta –redundo, lo sé– comenzó en ese breve instante en que no estás, sui generis, cuando se escucharon las risotadas en la cocina y ocurrió (como por arte de magia y un desvanecimiento) el segundo apagón.
– mcc#
In the corner of
your eyes, stranger,
– Paul Celan