The Mexican American Wall

A Sensebrenner y a King, para que el muro que les rodea la sensibilidad se disuelva.

Hay un muro de vergüenza
como costurón de carnicero,
rajando los llanos de esperanzas.

Hay calaveras en el desierto,
buscan salir del sueño que se les convirtió en arena y sed.

Ahora les dicen que no pueden pasar,
que no los quieren,
que es un delito atreverse a correr el riesgo y pasar.

Pasar es lo importante,
pasar,
trabajar,
ganar,
traer a la abuela y al tamal,
a la esposa de los ponchos,
al sobrino ranchero,
al vecino plomero,
a la vieja que plancha,
a la chacha que limpia
al indígena que recoge hongos, melocotones, manzanas, peras,
al que limpia colillas de cigarillos, papeles de golosinas
de las aceras sucias,
de las amplias alamedas
por dónde pasan los Minuteman, los cabilderos y congresistas sin ensuciarse los pies.

Ahora les niegan la sacrosanta greencard.
Mientras Lupita se parte el lomo amasando pan,
Pancho liga cemento 10-12 horas sin parar,
para que Andrés vaya a la universidad.
Andrés se enlista en el Army Be All Can You Be para poder estudiar,
nunca pisa el college,
lo mandaron a Irak,
tres meses después regresa tieso en un cajón.
Be all can you be…if you survive.
Dan los tiros de duelo y la bandera doblá.
Tanto cruzar el Río Grande,
el desierto con la Migra en los talones.
Tanto nadar,
tirar,
sudar,
llorar,
sacrificar,
si aquí no nos quieren.

Ahora somos criminales,
indocumentados,
somos un lastre en la tierra del American Dream,
en la Land of the Free.

La máquina de Felisberto Hernández o historia personal del tiempo y la literatura

Me interesaba que la cotidianidad tomara el lugar de lo trascendente. Por eso me levantaba antes que el sol y no salía de la biblioteca hasta que se fuera. La clave de mis días era encontrar cómo acabarlos. Bastaría una idea, una frase, una palabra que consiguiera resumir los progresos que había hecho en mi estudio. Poco a poco, esta pequeña nota que atestiguaba el avance de mi investigación se volvía repetitiva. Veía claramente cómo la palabra del día anterior era incluso más pertinente para concluir el día de hoy. El tiempo era cíclico. Mi pensamiento había dejado de ser moderno y retrocedía a una época primitiva y sin historia. Fue en aquel tiempo que comencé a tener sueños pedófilos recurrentes, en los que la sodomización con artefactos impensados me provocaban una inexplicable nostalgia. La máquina jugaba conmigo todos los días. El libro de Baudrillard que dejaba por la noche en el escritorio amanecía siendo de Calderón de la Barca la mañana siguiente, para volver a ser de Baudrillard después del almuerzo. Para derrotar a la máquina tenía que adivinar la relación patronímica que utilizaba para convertir un libro en otro (siendo el ejemplo que di poco creativo). Pensé que la deconstrucción podía ser una excéntrica filosofía medieval, pero luego descarté la idea por resultarme muy concluyente. En una ocasión vi cómo un estudiante tonto anaqueló un libro equivocadamente. Anoté el título del libro mal anaquelado junto al de los que ahora lo recibían como un nuevo compañero. Escribí en mi libreta “estudio comparativo” y acabé el día.

Pasta de Conchos

A los mineros de San Juan de Sabinas

Minerva iba caminando por un sendero pedregoso. Ya había anochecido y tenía los ojos rojos de tanto llanto. 71 dólares con 43 centavos le ofrecieron de compensación. Entre más lo pensaba más rojos se le ponían los ojos y el pecho le quería explotar. Tal vez a Fulgencio también le habían ardido los ojos. Nunca le gustó que él fuera a Pasta de Conchos pero la necesidad apremia y había que alimentar a los hijos. Tal vez no había sufrido mucho, tal vez todavía estaba vivo, aunque dijeran que el nivel de metano era muy alto. Él le había contado que de un momento a otro algún accidente ocurriría. Así que cada mañana hacía el camino ida y vuelta, esperando el milagro. Esta noche cancelaron la búsqueda por unos días. Ella sólo quería que se lo devolvieran. Al llegar a su casa los hijos no se atrevieron a preguntar por el padre. Los alimentó con lo que pudo y los acostó a dormir, les dio un beso a cada uno y les dijo, “Fulgencio, valía más que 71 pinches dólares, eso es lo que ellos nunca van a entender”.

Manu mortua

A Ingrid Beatriz Lugo Sabater.

Et salutaris mortis manu quodammodo ducamur.
Fragmento de liturgia.

Lo más que me acuerda a mi padre es el abandono. No se notaba en la ropa, ni en lo bien arreglado que siempre andaba por ahí. Había que fijarse en el desdeño fugaz que se le escapaba por las pupilas. Se requería la agudeza de una hija problemática para mangarlo en una esquina frotándose aquellas manos de bestia peluda, con la mirada árida como un desierto de recuerdos, buscando quizás alguna versión barata de redención en los surcos arrugados de las palmas. Siempre usaba ese lenguaje manual cuando quería ser íntimo, dejaba que la ternura de sus dedos tomara la palabra y así evitaba tener que emplear la tosquedad de su boca. Era un inventario secreto de gesticulaciones sublimes que sólo empleaba con los que amaba y lo utilizaba justo cuando estaba apunto de ahogar a uno con esos ojos desabrigados.

De pequeña, papi tenía un gesto para mí nada más. Se arrodillaba en el piso, decía que era Romeo quebrado de amores. Entonces buscaba mi mano lentamente, hasta que la encontraba y se la ponía en el pecho y soltaba un gran suspiro. Nunca le dije que me dolía cada vez que me apretaba los huesos de los dedos. No quise dañar los únicos momentos en que sentí que me quería. Después fui creciendo poco a poco, y las tenazas de hierro que me hacían crujir los dientes de cariño se fueron enmoheciendo hasta que se remitieron a frotarse solas en las esquinas oscuras de una casa. En un arranque de indiferencia, la mirada de mi padre me fue dando de codo poco a poco, hasta que me aisló por completo. Así que me fui desprendiendo, soltando los primeros pasos de una juventud acelerada, nadando a la deriva en la lava de la adolescencia, jugando al escondite en un abismo en donde ninguna mano podía llegar.

Lo vine a ver en hospital doce años después. Me había llamado mi hermana y me dijo que no le quedaba mucho. Ya no tenía bigote. Se le había caído algo de pelo. Era un raquítico saco de huesos, deformes de tantos años con el cuerpo encorvado. Apestaba a mierda. No lo habían bañado en días. Tenía garras de oso por uñas. No me reconocía. No me extrañó. Le cogí la mano y se las apreté. Se zafó rápido y comenzó a gritar como un niño. Ya no podía hablar. Luché con él hasta que pude asearlo. Le pedí ropa nueva. Pasé toda la tarde tratando de que comiera un poco de sopa con aquella boca seca, arrugada, ajada en el olvido.

Decidí visitarlo todas las semanas. Le compré unas pijamas nuevas. Lo aseaba por completo. No tenía dinero para pagar enfermeras. No podía fallarle. Cada vez que lo visitaba, intentaba cogerle la mano. Quería saber a dónde apuntaban esos surcos, qué era de esa red de marcas que lo habían atrapado en la encerrona de la desidia. Necesitaba saber si en alguna de esas líneas estaba yo, Sara, era mi derecho saber el lugar en donde me había dejado desvalida. No se dejaba. Un día se me ocurrió esperar hasta que estuviese dormido. Cuando le vi la palma, apenas había trazos desgastados. Era como si el viento le hubiera pasado papel de lija y le dejara la fineza suficiente para sobrevivir como un esqueleto desdeñado. Dejé de ir a verlo por dos meses.

“Necesitamos que venga a verlo urgentemente. Es el momento.” Llegué lo más rápido que pude. Lo encontré con los ojos bien abiertos y se miraba las manos con un terror inefable. Balbuceaba algún grito. Intentaba mirar a todos lados. No se reconocía las manos. Miraba aquellos garfios imponentes pasmado de espanto, como si fuesen unos palitos garrafales que venían expresamente a cortarle el aliento. Se las cogí suavemente. Me miró absorto, con aquellos ojos mustios de siempre. Me apretaba los dedos duro, sin reconocer el tamaño de su fuerza. Lo sabías, papi, siempre lo supiste. “Soy yo. Sara.” Inhaló profundo. Justo cuando su boca comenzaba a soltar un amague de sonrisa, exhaló con un alivio que me estremeció los huesos. En la inercia del gesto, me arrastró a su pecho; y con el suspiro, se me fue. En la palma de la mano de mi padre, no había nada.