Visita dominical al cuartel de la Policía Municipal de Luquillo: episodio del dominicano indocumentado

Ir al origen ya no era un sendero. De ese pasado de pueblo natal, no podía sacar ninguna respuesta, como si las maneras de pensar y de organizar una búsqueda para fundar una memoria ya fueran iservibles.
Mara Negrón, Cartago, Editorial Tal Cual, 2006, p. 31.

La distancia entre la urbanización Brisas del Mar, en Luquillo, y el cuartel de la Policía Municipal es risible. Cuatro pasos. Construyen un Walgreens en la entrada del pueblo, mi prima opina que el municipio al fin está progresando. Mi tío deja el carro Toyota Tercel frente a la marquesina con las ventanas abiertas mientras entra a la casa con urgencia urinaria. Al terminar, va hacia el balcón y observa a un bambalán de esos que protagonizan los ensayos de Magali García Ramis sentadito en su carruaje. Cuando miro para abajo me encuentro con que yo estoy por casualidá, allí, en la casa principal de la tribu, la de cemento, comiendo arroz blanco y carne guisá pero que hay un problema: ando en pantaloncitos cortos beige de Gap y en chancletitas de cuero. Al fijarme en la cara del tío, recientemente enviudado, que llega, me pide que lo acompañe al cuartel de la Policía Municipal porque después de su llamada de denuncia han arrestado a un sospechoso. Es mi deber como estudiante de derecho de cuarto año ir con los viejitos de la familia a negociar encuentros no deseados con la ley. Ya estoy debidamente juramentado como practicante. Voy, tío voy, pero es muy curioso que una loca de la capital con espejuelos de pasta Channel entre a sagrado recinto de macharranes que hablan en clave numérica (10-4) con dicha indumentaria. Procedo a asaltar el clóset de mi primo y me hacen llegar un pantalón de salir polvoriento y proveniente de las mesas que ponen en Fajardo para las ventas de “pasillo” de las tiendas Donato. (Aquello no es pasillo, es una sola calle) Me pongo una camisa polo a rayas que mi primo se ponía en el 96 para ir a las fiestas de under después de los intramurales de baloncesto, pero ahora es estudiante de medicina en Bayamón y ya no juega. Me tengo que calzar unas botas de construcción glorificadas que usa mi tío para desyerbar y comienza el teatro de la vueltita de ciudadano de pueblo chiquito a los dominios de sus autoridades. Tanta solemnidad que me espera y el viento frío que llega de la playa no ayuda a la “Municipal Jiménez” a meterse en el pantalón verde que usan sus compañeros machos. Le queda bien pegao y no se le ven las tetas porque es plana. “Machúa”, diría mi abuela, que en paz descanse en el cementerio municipal luquillense, bien cerca de todo este rollo que protagonizo exactamente a un año de su entierro en ese litoral perdido. El tipo está metido en una celda de cuartel. He escrito celda de cuartel de siglo XXI en jurisdicción paupérrima del ELA, que conste. Pero la decoración de guirnalditas de San Valentín en forma de corazoncitos pendejos y brillantes no tiene nada que ver con la certeza de mi tío al declarar que ese hombre que está allí metido en el fondo del saco nada tiene de parecido con el susodicho y —ahora se sabe— libre asaltante. Se trata de tentativa de apropiación ilegal, que es delito estatal, malo sería que fuera un carjacking y que hubiese que jalar para la federal con esta jaltera de guisada. Siempre me ha caído mal el juez Laffitte, es el efecto del bilí de Vieques el que me ha llevado todo este tiempo a detestar a ese hombre togado. Nótese que Fido murió y que el bilí es mejor que la sangría Fido, mil veces mejor, sin colorantes y con menos grados prueba. El salitre tiene un abuso con las rejas, se las ha comido casi todas y las pintan y las pintan y las pintan otra vez después de rasparlas con algo parecido a la tempertina pero el insaciable invisible que viene del mar y los sargazos de la playa Costa Azul no hace caso de presupuestos malgastados ni de avisos de pare. El salitre también es el culpable de la confusión: los guardias arrestaron a un muchachito dominicano de 17 ó 18 años, negro, por supuesto, que jugaba pelota en el pastizal del barrio. Allá es normal que los vecinos le llamen parque a ese pastizal. Yo corría hace años por las mañanas, todos los días, en esa pista de matojos y brea y entonces fue que me di cuenta de la inutilidad de los jardineros municipales. En mi familia les dicen hierbicidas. El equipo completo de sus compañeros fue a contradecir en pantalones grises como los que usan los jugadores de verdá la versión de mi pobre tío, que sólo había hecho una descripción general vía telefónica: “El que se metió en mi carro es alto, trigueño, de camisa color amarilla (tono mierda de gato)”. Y allí estaba el quisqueyano infeliz, picado de salitres y verguenzas, solo —porque sus familiares tampoco tienen papeles y no podían aparecerse por esos lares— ocho horas después de los hechos, preso sin necesidá, un chamaco bajito, color carbón como la noche, y vestida la parte superior del cuerpo con camisa roja. ¿Serán brutos o es el deber de urgencia de reivindicar las propiedades animales del cerebro dominical, porque era domingo, he escrito, lo que llevó a los guardias de mi pueblo original a tamañas equivocaciones? El frío anormal de estos días en que no se pesca nada por allí debido al deshielo de los glaciares nos empujó con sudaderas hasta el cuartel municipal de Río Grande, donde se llevaría a cabo la vista. El juez regional está de turno en Río Grande. Los letreros de la Ruta de la Cotorra que inauguró el ex gobernador Rosselló en la carretera número tres no pudieron anunciarnos el conjunto de bambalanes puercos y risueños —como diría Urayoá— que nos encontramos en la entrada: un grupo acompañaba a un cangri abusador que le calló encima a su mujer preñá, una chamaquita flaca, de pelo rubio con raíces prietas a la vista y uñas larguísimas de acrílico, ¡oh, qué tiempos aquellos los del french manicure! Ese estaba rodeado de panas, hermanita y sobrinas alcahuetas que lo besaban de cuando en cuando, también rubitas pelo paja bleached con uñas espantosas y cadenitas con charms y manos poderosas. “Papi, no te preocupes, ella es la mala”, así le decían intentando consolarlo de no sé qué, porque el machito trentón estaba de lo más campante, haciendo llamadas por el celular a par de jevas y todo. El juez le puso orden de protección de seis meses, según lo indica la nueva enmienda de la ley 54, y tiene que abandonar el nido de sus violencias y no puede hablarle a su mujer a menos que sea a través de intermediario. Al salir de todo el trámite, dijo que ella siempre se ha creído que tiene algo entre las patas, que no lo respeta, que fíjese, oficial, ella no reconoce que en esta relación soy yo el que tiene algo entre las patas. El otro bambalán, con la misma pinta y, pues, imputado de violación a la ley de armas más posesión de sustancias ilegales en vehículo que rueda por la vía de rodaje. 10-18. Hay que recordar que era domingo y que ya la guisada me tenía con acidez crónica. Ya se me olvidó cuántos Marlboro menta me fumé, pero llegó el momento de botar la cajetilla y pedirle un Newport a una de las sobrinitas del agresor despreocupado. Ella dijo que sí, putona, y yo por vicio tuve que verla sacar el cigarro de la cajetilla verde con aquellas uñas largas. De pronto me fijé en cómo el frío le daba tonos mate al enorme escudo de la policía que estaba pintado en una de las paredes laterales. Un oficial modelo de los años setenta, blanco, de lo más dandy él, pintado en aquella vaina de cemento degradada, ofreciéndole la mano amiga a una familia bella: el papá de guayabera almidonada, la mamá con un trajecito de hilo crema a lo foto de Julia de Burgos antes de irse a los estados y la nena Sosa una copia de la madre en miniatura porque el “artista” ni se molestó en dibujarle un cuerpecito para representar la infancia. El frío no me dejaba pensar y hacer correlación objetiva con lo que estaba viendo: una mai sesentona con traje largo negro de poliester decorado con amapolas rojas, con peinado playero flat top al frente y los mechones que le guindaban por la espalda. Yo la veía de espaldas, porque ella estaba en el otro banco, de esos bancos en madera chocolatosa de iglesia pentecostal y comandancias que se pueden raspar con chavitos o llaves, pasándole la mano por los hombros al bambalán y diciéndole, mijo, no te preocupes, el fiador va a bregar el caso de los $1,500, pero te voy a decir una cosa, a esa mujer que montastes en la guagua con el paquetito ese no la quiero ver más por casa. Las madres y sus amores incondicionales. Estoy loco porque llegue mayo para coger un pasaje a Nueva York y darle un beso en la frente a mi madre. Me imagino que nuestro dominicano pelotero ahora mismo debe estar llegando con esposas puestas a Santo Domingo, solo de nuevo, pensando en los 30,000 pesos dominicanos del viaje en yola malogrado, todos los primos aquí, la mai limpiando pisos con Lestoil en townhouses playeros aquí, todo su equipo de pelota jodido e incompleto de pitchers o catchers o toleteros o lo que sea que sean las cuatro bases llenas —una vacía esta semana— gracias a una acción más de la sal que sobrevuela tranquilísima —sin que nos demos cuenta a veces— las arenosas calles de Luquillo. Hay que recordar que era domingo, un domingo de visitas a los viejos y de degustación de carne de vaca guisada. Mi tía es experta en eso, unos recaítos, unos chorritos en polvo con pimienta de adobo Bohío, un regaño más al perro fiel y sato que le ladra desde el patio, un bolero más de Radio Oro, y yo sentado en su inmenso counter, terminando de comerme la mixta con tostones acabados de freír, bien rápido, porque mi tío, testigo de cargo, se merecía tener su primer día en corte bien representado.

En la foto, playa de Luquillo, carretera #3 y el pueblo amado, bien al fondo.

Acuse de recibo

Pensaba en cómo a veces le gusta probar sus propios fluidos. Dos dedos entre los labios y luego a su boca. Pensaba además que conocía todos sus olores. Que podría describirlos en una historia corta para alguna revista. Pensaba y se miraba con un espejo entre los muslos aquellas irregularidades. Todo hueco, toda zanja, cada bulto, cada laceración. Pensaba además que debió haber pensado mejor aquello de tener sexo sin condón con aquel cabrón. Pero al final sigue siendo el mismo callejón sin salida, y todo pasa, qué carajo, con la dicha de que las lesiones van y vienen. De que si se chupa ella misma no se contagiará nuevamente. De que hay maneras de reinventar el sexo, qué carajo, si se tienen claras las periferias del contagio. Ya no hay nada preciso, no, creo que el vaivén de las lesiones es el vaivén de mi cuerpo cuando se tongonea entre otro cuerpo y no soy capaz de decirle que en mi entrepierna se articula un futuro determinante. O negro o blanco. Las posibilidades del gris quedan tajantes entre cada apertura que supura… Y no se hilvanan ya políticamente correctas las interacciones. Cada paso calculado para que el próximo no sea el acuse de recibo en carne… Y yo termine siendo el comodín de garantía.

Cliché

Hoy huyeron las ratas de mi sueño
los amores borgianos que no tuve
los ayeres amarillos que en las noches oscuras
embarraban nuestro piso
y el instante perverso de escucharte en otras bocas.
Han huido y no te fuiste.
Tú que me has parido un lupus con tu nombre
y me has tatuado la espesura de mi vena con el negro de tu cuerpo.
Huye.
Sal.
Afuera.
Que tú eres salida y puerta
y tu huida es mi regreso.
Huye desgraciada
Malparida.
Deliciosa.
Necesaria.
Huye que tu huida es mi razón para existir.

Aburridos

Pensar en la fórmula, la fórmula que nos saque de allí. Una esquina, un borde, una aproximación, un hueco que nos traga deprisa. Pero no tanto. Si fuera más rápido, no punzaría así de fuerte. Pero ese espacio que yo digo, ese espacio que yo recuerdo, ese espacio en que he estado, y del que creo no haber salido aún, es amargo. Y es lento, y es pesado. No se puede sostener con la lectura de mis clases, no se resuelve con la risa de mi roommate, no se diluye con el beso de mi amante. Es hundirse en el mueble y pensar, y repensar para volver a armar el rompecabezas, el nido de mi existencia y preguntarme ad infinitum, ¿qué me pasa? Y me apeno, y me confundo, y doy por sentado un ritmo que me precede y que se resiste tanto a la mirada retrospectiva como a la mirada visionaria. Y se me acaba lo que ya fue. Ayer. Y se me gasta lo que es. Hoy. Y se me escapa lo que será. ¿Mañana?

A veces me pasa. A veces confundo el aburrimiento con la tristeza, con las ganas de acabarme, con la soledad, con la angustia del presente. Esa que no cede, esa que no se bebe, esa que no se extingue aunque pongas tu cuerpo al servicio de todo y de todos. Sí. A veces confundo el aburrimiento con el agotamiento de mi vida, con la falta de creatividad, con el calor y con el frío. Y entonces me acuerdo, y entonces pienso en ese manto agónico que nos acapara y nos abraza con un ahínco que se parece al amor, pero que arrastra todo el odio de nuestros días. Tanto que leer, tanto que ver, tanto que recorrer, tanto que escribir, tanto que destruir. Pero nada pasa. Seguimos mirando la pared, contando los lunares de nuestro cuerpo, sumando amores y restando amigos, buscando en el espejo, expurgándonos la memoria. Y todo por ese monstruo que se acerca y nos chupa la euforia. Este maldito aburrimiento…

Este lector enyollado con nostalgias de Oliverio Girondo

Yolleo
por Oliverio Girondo

Eh vos
tatacombo
soy yo

no me oyes
tataconco
soy yo sin vos
sin voz
aquí yollando
con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla
entre mis subyollitos tan nimios micropsíquicos
lo sé
lo sé y tanto,
desde el yo mero mínimo al verme yo, harto en todo
junto a mis ya muertos y revivos yoes siempre siempre yollando
y yoyollando siempre
por qué
Si sos
por qué dí
eh vos
no me oyes
tatatodo
por qué tanto yollar
responde
y hasta cuándo…