los monumentos
por Nicole Cecilia Delgadoél me enseña a apreciar los monumentos
lápidas de Hombres desenterrados por la Historia
leo los grabados distraída
no reconozco ningún nombre
observo cuidadosa la piel fría de los bustos
examino pezuñas de bronce de caballos inmortales
me entretengo en la concavidad de las campanas
no es fácil aprender esta lección
me interesa más la sensación al tacto
echarme bocarriba sobre el mármol de una tumba
sentir las grietas filosas del paso de sus años
en las yemas azuladas de mis dedos anacrónicos
decir secretos femeninos a los huecos históricos
y escuchar el eco que repite el campanario
Yolanda Arroyo galardonada con el primer premio en concurso internacional de narrativa para la Internet
por Manuel ClavellDe cuando seamos viejitos…
por Yolanda Arroyo PizarroEl abuelo de mi esposo orina con la puerta del baño abierta. Anda por la tercera edad (ochenta y tantos) y el asunto no involucra únicamente a su olvidado pudor. Sin duda va más allá del decoro que los años te dan permiso a descartar. ¿Será eso cierto? ¿Será cierto que hay edades que nos dan el permiso para dejar de lado el respeto por el otro, de no tomar en cuenta las convenciones morales, familiares y públicas? ¿O es que la simple senilidad anula la vergüenza porque sí? Con este viejito no sé qué pensar, la verdad. Sin embargo, el asunto no se circunscribe a dejar la puerta del baño abierta para que las féminas que transitan el hogar nos escandalicemos o lo miremos con asco. El asunto se complica porque, este anciano que ultimadamente fue diácono de la eucaristía hasta sus días lúcidos, ahora se saca el miembro y lo deposita sobre el lavamanos. Y es allí precisamente donde vierte sus orines.
La escena la descubrí almorzando. Fue una verdadera sorpresa notar que desde el lugar en donde me hallaba sentada en la mesa, se divisaba el umbral del baño, territorio en donde él se estacionó para hacerme partícipe de su nuevo acto. Y digo nuevo, porque en días recientes se había orinado en una de las habitaciones de la casa, en donde convalece otra de las ancianitas que comparten el domicilio. Dejó su meao mayoritariamente sobre la colcha de la cama y el resto lo vertió en el piso. También me consta que en ocasiones, mientras camina, se saca lo suyo y fumiga el verde pasto del patio, o las losetas de los balcones. Por cierto que su esposa, también octogenaria y con extremada pérdida de la audición, se resbaló con una de esas humedades doradas que él había dejado sobre el suelo y terminó con una fractura de cadera luego de una caída apoteósica.
Indudablemente me llega a la memoria la imagen de mi abuelito, ya fallecido. Recuerdo que él también tenía sus peculiaridades sobre ir al baño a hacer número uno. Pasaba toda la mañana y la tarde sentado en el balcón, y para evitarse las correrías que le causaba la vejiga hiperactiva, justo allí, sentado en el sillón de mimbre, frente a una verja de rejas que lo dejaba expuesto a la vista inmisericorde de los transeúntes, se abría el zipper del pantalón bermuda a cuadros con olor a sudoraciones acumuladas durante la semana, y hacía su necesidad.
El asunto se vuelve toda una reflexión auto-intimista aunque no se quiera. Aunque intentemos ignorarlo, no se puede. ¿Llegaré a eso alguna vez, o a cosas peores so excusa de lo que nos hacen las décadas sobre el cuerpo y la mente? ¿Con qué perderé yo el pudor cuando me toque? ¿Con los peos en público, con sentarme patiabierta sin pantaletas, con no bañarme por días o semanas enteras? ¿Llegaré a pedirle a otro fulano que me limpie luego de haber echado mis heces al inodoro?
En todas partes escucho que los viejitos se vuelven como niños, como bebés. ¿Es eso realmente lo que sucede? La curiosidad y la pena me aturden.
Calor
por Jesús Ramos Soodhoo-RamjEspecial para Derivas
A mí, que me den a beber calor. Ese calor que es nuestro por ser entes de este trópico utópico. Trópico que se desquicia casi cayéndose desde la última y más pequeña de las islas grandes del Caribe grande. Caluroso. Salado. Sudado. Negarlo es imposible, como dice Luisito el de la
Guaracha, el calor este “emputece la sangre,” destila un remojo de colores vivos que hace brillar las frentes y escurrir riachuelos en las espaldas cobrizas; el suero viscoso de los huesos, el torrente espumoso del territorio del fuego.
El calor es la vida, lo que buscamos por instinto los seres nacidos, lo que queremos sentir pegado fuerte entre otro cuerpo que nos disuelva y nos respire encima. Calor, tremendo calor que funde los purismos y hace salir la peca transparente que va en su travesía engordando su tamaño y explotando finalmente en el suelo; entre matojos de espigas sordas, en el filo hueco de un dedo sediento.
En el frío no se puede amar. Se quiere, quizás, se quiere mucho, pero sin el fuego no se ama. El amor sólo con fuego duele, sólo en el vapor supura hasta que por las caricias que recorrieron un cuerpo se sientan las yemas rendidas, arrugadas en mueca de placer al beberse su propio fuego.
El calor es bendito, purifica, si no el infierno sería polo y no feroz centro derritiente de la tierra. El centro de todo el tizón del deseo que nos hiere hasta empolvecernos los huesos y hacernos esparcir nuestras propias cenizas sobre las aguas de un cálido mar.
Cualquiera soporta el hielo. El calor sólo lo soporta el que se atreve, el que se desnuda frente al frío y retuerce su cuerpo buscando la tibieza dormida en las esquinas remotas de su cuerpo, el que salpica su vientre de pelusas de miel hirviente o el que simplemente prefiere morir quemado en los brazos del fuego, que dormido en un lecho gélido de lana mojada.
Imágenes: Qué calor 1 y 2 (derecha a izquierda), Nathalie Leclair