En fila

¿Lo viste? ¡Qué guapo, qué canto de hombre! Fuerte, espalda ancha, recorte al ras. Me gusta cómo camina, parece que está bailando solo. Levanta la pierna en cada paso como si estuviera bajando del jodío Olimpo. Te juro, coño, que si no fuera mi primo me lo tiraba. Me lo tiraba hoy y mañana, y el domingo, y el lunes, y el martes… Es que, yo no sé lo que le dan de comer a los hombres en el army, ¿hierro? Porque él cuando se fue no tenía ese cuerpo, ni se estaba tan quieto, ni hablaba inglés. De verdad, lo mejor que hizo; para que estuviera en el Amigo empacando bolsas, o en el McDonald´s friendo papitas, digo, yo trabajo en Wendy´s pero yo estudio con beca, el gobierno me paga los estudios porque tú sabes que si fuera por papi…

Conversación gratis, de celular a celular, en la fila del Westernbank.
(Fragmento)

Morir (primera parte de un cuento en proceso)

Imaginemos una trama.

Una mujer sale del apartamento de su amante con la felicidad que no se sabe, con la sonrisa que sólo se descubre en el espejo. Mientras baja las escaleras, recuerda que su asesino la espera entre la nieve, a la salida del edificio. Cinco escalones y la perilla de la puerta la separan de su muerte. Se acomoda la bufanda hasta cubrir su recién acariciado escote, se pone sus guantes y le abre las puertas al invierno.

Finiquitando octubre

Una nube besa un cerro y se va acabando octubre. Octubre de brujas, de otoños, de huracanes, de auroras y yolandas. El tiempo sigue marcando su espacio, trayendo onomásticas, festejos de convivencia y aniversarios de apartamentos estrenados. Durante un octubre me fui a vivir con el príncipe a solas, sin la mirada cómplice de los roomates. El castillo se rodeaba de una fosa de cocodrilos allá en Villa Fontana, y poseía una torre altísima desde donde se hacía el amor o se peleaba uno por la más inverosímil excusa. Íbamos en carruaje hasta Plaza Carolina cuando Walgreens estrenaba sus primeras 24 horas all-around-the-clock. Nos levantábamos a las 3 de la mañana para ir a comprar cualquier cosa, just for the heck of it! De eso ya han pasado doce años. Desde que pasara, el príncipe ha mutado la piel y se ha vuelto en ocasiones sapo, en otras ogro, de nuevo a príncipe y ultimadamente es una melcocha que camina amorfo y al que llamo con cariño Shrek. Octubre siempre me pone melancólica. Sé que voy a morirme un octubre.

Puertas

Desperté viéndome como un cuerpo sin piel, una llagada.

El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
Que beben mi sangre

Alejandra Pizarnik

I

Te mueves como queloide de la oscuridad. Comienzan a desentumecerse los miembros sobre la cama. El guía te invitaba a abandonar el cuerpo. Pruebas la espesa saliva mercurial. No, no. Quedarse así. No poder. Dolor intermitente del nervio óptico, justo detrás de las órbitas. Había intentado hacer contacto contigo, nuevamente. Lo intuyes. Viajar en sueños: cada vez más frecuentes, hibernales, si no hubiera sido por el monstruo de perra sata que tienes. Se empeñaba en rasgar la entrada del dormitorio para que la dejaras tenderse en la pequeña alfombra al pie de la cama. Tratando de ignorarla, buscando regresar a ese umbral de sueño perdido, pasó de las rasgaduras a acometer contra la puerta. Hora: 3:03 de la madrugada nada más. Maldita sea. No queda más remedio que levantarse y dejarla entrar. Un poco a tientas en la oscuridad, adivinas el frasco de Seconal (las rojas) y sales en busca de un poco de agua.

Dejando atrás tu reclusión, haces el largo recorrido de la habitación a la cocina. Vas apagando luces, hay que ahorrar energía, el televisor de la estancia familiar, dos abanicos de techo, hasta llegar a la nevera. Está abierta. Ni agua fría, coño. Vasos. Vasos. Friegas uno que flota en el agua grasosa del fregadero. Con la mano izquierda, cierras la alacena, casi vacía. Esta mierda se le está volviendo costumbre. Nota mental: que hagan compra. Apagas también la luz de la cocina. En esa oscuridad, en ese silencio que crees absoluto, percibes sonidos hueros desde la habitación ajena. Seguro habrá llegado ahora, desgraciada. Me va a oír.

Acaricias la perilla de esa otra puerta. Es muy tarde para sermones. Te tragas la furia. Tal vez mañana. Huyes. Hora: 3:14. Sopesas con la mano libre la cantidad de rojitas que te debes meter para retomar el viaje astral de hace unos minutos. Es mejor dormir. Al otro lado, acechan quimeras.

II

Recostado contra la plataforma de la cama, brilla el único espejo de la habitación. La pared guayaba de donde colgaba, ahora desvestida, descubre una desconchadura áspera y un clavo que la traspasa. Sobre el piso frío de baldosas, una balanza digital descansa. Suspendido por una escasa cadena, el farol rosado de la esquina se deforma en el cuerpo de una sombra perversa. A mano siniestra, la imagen de la pintora de cejas apretadas inclina una mirada vidriosa. Nunca sabremos con certeza qué significa esa mirada. Algunos dicen que es de tristeza. Quizás sea compasión. Si vieran lo que Ella ve ahora, dirían que reprueba y se disgusta.

La habitación es un campo de batalla. Sobre la coqueta ambarina sesea una botella de Diet Coke medio vacía. Al lado de unos laxantes, relucen los papeles plateados: más de dos docenas de envolturas de chocolate. El lugar habitual de la vela de mariposa lo ocupan ahora un cuenco blanco de loza y una cuchara, donde se secan residuos de Special K y leche. Y así, se desbordan los restos de comida sobre la cama, el escritorio y el piso: una caja de pizza, un galón de helado derretido, una bolsa vacía de Tostitos, latas de salchichas, varias copas de yogur…

Siguiendo el camino de las hormigas bobas, al fondo, la puerta del baño se ha quedado entreabierta. Por la abertura fina que la separa del marco se escapan, débiles, un chorro de luz y el llanto atragantado de quien ignora que podamos escucharla. Aplicado el remedio, purgada la culpa, estalla el manantial de la bacineta. Una vez más, se recupera, en su liquidez queda y lenta, de su vacío.

Awakenings / Comandante y su tripulación suben al cielo

Arranca de mí este corazón
para que lo uses en tus brebajes.

Necesitas la pócima para que no me olvides cuando te falte.

Son los boleros los que me tienen así
es culpa de Olga Tañón y de Yandel el despechado.

Pero no importa, en este instante
te pido sumisión absoluta
compromiso
con mi desquicie de desmadre.

¿No que la solidaridá era el signo de nuestra era?
¿No que todos para uno y uno para todos?

Pues embiste y ruge
porque lo que te queda de mí ya es peste.

Soy el autor del poema anterior y anuncio por el micrófono de esta reunión de Imagen que acabo de dar el crossover. Quiero que mi poesía venda. Antes anduve por caminos esotéricos y hermeticidades, hoy reniego de toda esa vaina y escribo con el alma encendida para colocarme en tu consciencia perdida y en el próximo disponible anaquel de Borders. Juego a las cambiás con mi pasado, y ahora le toca a él dejar de serlo para llevarme al futuro, que es el estrellato antianónimo. Yo firmaré libros y me disputaré los Premios Planeta. Yo tumbaré la casa y seré popular de nuevo, con todas las implicaciones políticas que ello conlleva en la jurisdicción postcolonial del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Yo soy el escritor universal, el filtro de todas las sensaciones patrias e impías. Por mí tienen que pasar todos los gestos y mi lengua los transmitirá porque me he revestido de Nerudas y yo vengo a hablar por sus bocas muertas. Mis ediciones completas serán publicadas por Harper Collins, las abreviadas por Seix Barral y las traducciones al sánscrito por Farrar Straus & Whatever, mi favorita. Ya lo verán. Espérenme.