“Desperté viéndome como un cuerpo sin piel, una llagada”
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
Que beben mi sangre
Alejandra Pizarnik
Te mueves como queloide de la oscuridad. Comienzan a desentumecerse los miembros sobre la cama. El guía te invitaba a abandonar el cuerpo. Pruebas la espesa saliva mercurial. No, no. Quedarse así. No poder. Dolor intermitente del nervio óptico, justo detrás de las órbitas. Había intentado hacer contacto contigo, nuevamente. Lo intuyes. Viajar en sueños: cada vez más frecuentes, hibernales, si no hubiera sido por el monstruo de perra sata que tienes. Se empeñaba en rasgar la entrada del dormitorio para que la dejaras tenderse en la pequeña alfombra al pie de la cama. Tratando de ignorarla, buscando regresar a ese umbral de sueño perdido, pasó de las rasgaduras a acometer contra la puerta. Hora: 3:03 de la madrugada nada más. Maldita sea. No queda más remedio que levantarse y dejarla entrar. Un poco a tientas en la oscuridad, adivinas el frasco de Seconal (también Secobarbitol, las rojas, efectos varios; los deseados) y sales en busca de un poco de agua.
Dejando atrás tu reclusión, haces el largo recorrido de la habitación a la cocina. Vas apagando luces, hay que ahorrar energía, el televisor de la estancia familiar, dos abanicos de techo, hasta llegar a la nevera. Está abierta. Ni agua fría, coño. Vasos. Vasos. Friegas uno que flota en el agua grasosa del fregadero. Con la mano izquierda, cierras la alacena, casi vacía. Esta mierda se le está volviendo costumbre. Nota mental: que hagan compra. Apagas también la luz de la cocina. En esa oscuridad, en ese silencio que crees absoluto, percibes sonidos hueros desde la habitación ajena. Seguro habrá llegado ahora, desgraciada. Me va a oír.
Acaricias la perilla de esa otra puerta. Es muy tarde para sermones. Te tragas la furia. Tal vez mañana. Huyes. Hora: 3:14. Sopesas con la mano libre la cantidad de rojitas que te debes meter para retomar el viaje astral de hace unos minutos. Es mejor dormir. Al otro lado, acechan quimeras.
II
Recostado contra la plataforma de la cama, brilla el único espejo de la habitación. La pared guayaba de donde colgaba, ahora desvestida, descubre una desconchadura áspera y un clavo que la traspasa. Sobre el piso frío de baldosas, una balanza digital descansa. Suspendido por una escasa cadena, el farol rosado de la esquina se deforma en el cuerpo de una sombra perversa. A mano siniestra, la imagen de la pintora de cejas apretadas inclina una mirada vidriosa, como la de la Virgen. Nunca sabremos con certeza qué significa esa mirada. Algunos dicen que es de tristeza. Quizás es compasión. Si vieran lo que Ella ve ahora, dirían que reprueba y se disgusta.
La habitación es un campo de batalla. Sobre la coqueta ambarina sesea una botella de Diet Coke medio vacía. Al lado de unos laxantes, relucen los papeles plateados: más de dos docenas de envolturas de chocolate. El lugar habitual de la vela de mariposa lo ocupan ahora un cuenco blanco de loza y una cuchara, donde se secan residuos de Special K y leche. Y así, se desbordan los restos de comida sobre la cama, el escritorio y el piso: una caja de pizza, un galón de mantecado derretido, una bolsa vacía de Tostitos, latas de salchichas, varias copas de yogur…
Siguiendo el camino de las hormigas bobas, al fondo, la puerta del baño se ha quedado entreabierta. Por la abertura fina que la separa del marco se escapan, débiles, un chorro de luz y el llanto atragantado de quien ignora que podamos escucharla. Aplicado el remedio, purgada la culpa, estalla el manantial de la bacineta. Una vez más, se recupera, en su liquidez queda y lenta, de su vacío.