Calamburesrojos33

PELEA-751745Entro en una tienda de chucherías la mayoría a peso. Camino por las góndolas y me topo con la sección de los materiales de arte. Busco una libreta pequeña y llamativa y diviso una perfecta, al precio que corresponde. Roja. Me pareció tan y tan bonita, cerrada con el marcador de cinta también rojo y un elastiquito del mismo color para que no se abra en la cartera o en cualquier parte de la vida en la que decida llevármela, que pensé que era una lástima profanar sus páginas con mis garabatos.

Me dirijo a la caja para pagar y la empleada me pregunta mi zipcode y, automática, le contesto cash. Corrijo mi error, pero no le doy la contestación que busca, porque no me sé los numeritos, y pienso que por qué me tiene que preguntar mi zipcode en una tienda todo a peso. ¿Querrán ver los dueños si algún gringo decide viajar desde Colombus, Ohio, hasta la inhóspita región de Michawaka en el desolado pueblo de South Bend en el aburrido estado de Indiana para, entonces, entregar propaganda en los buzones de los estados vecinos sobre las nuevas gangas la mayoría a un dólar en su tiendita en el arcaico mall de Bellaville en la calle Miracle? No sé, y decido dejar de hacerme preguntas existencialistas influidas por el capitalismo.

Llego a mi apartamento y antes de sentarme a leer los clásicos griegos en las traducciones inglesas que tanto me remuerden las entrañas decido buscarle un tema a mi nueva adquisición. Ya tengo una libreta para escribir lo que sueño, una que utilizo como agenda, una cuadriculada para la poesía, un diario en desuso, dos libretas de divisiones con la insignia de mi nueva universidad que me costaron muy baratas y hasta una de tema oriental para escribir haikus, así que pienso en la posibilidad de tener otra de alguna de las clasificaciones anteriores pero me resisto. De cualquier modo, tiene que servirme para algo realmente importante.

Entonces descubro en un instante epifánico que hay algo en mi vida que necesita organización inmediata: las contraseñas. Los consabidos “passwords” son, desde hoy, parte de mis tareas literarias. Un calambur es una figura retórica muy divertida que implica la agrupación de sílabas de forma que creas distintas palabras o códigos con las mismas sílabas, juntando y desajustando. Cuando empiezo a desglosar las contraseñas que me persiguen en mi diario vivir y que me tienen estratificada en tantos códigos de dígitos y letras, descubro que tratando de que sean indescifrables pero a la misma vez familiares había estado escribiendo las mismas palabras para delante y para atrás y añadiéndoles los mismos números para delante y para atrás.

Algunos se preguntaran que por qué no uso la misma contraseña, o por qué tengo tantas contraseñas. A ambas preguntas contesto que porque así es la vida que me ha tocado vivir. Todos los accesos cibernéticos o mecánicos que intento efectuar a tiempo se hacen a través de los numeritos secretos: pagos de tarjeta de crédito, transferencia de pagos de cuenta de cheque, depósito de beca, pago de celular, inscripciones en los blogs en los que junto a ustedes escribo, acceso a los correos electrónicos, inscripciones que si en los periódicos digitales, que si en las librerías cibernéticas. Para colmo, es inevitable hacerlas distintas porque cada acceso tiene unas especificaciones de la cantidad de dígitos y letras que se necesitan. En fin, mi identidad semisecreta y escurridiza ocupa las páginas de una libreta roja llena de calambures.

Mis lecciones con la pornografía

Un escrito en La Ínsula Hirsuta, una fallida reseña de la biografía de la actriz de porno Jenna Jameson, me hizo pensar en mi propia experiencia escasa con la pornografía. Mi primera vez fue a los once años, cuando un compañero de clases llevó a la escuela una edición de Playboy dedicada a los penes. Sí, diez fotos 8 x 11 de penes, en Playboy. Y sí, estoy segura. Cuando uno es niño, es fácil el contacto accidental con el desnudo morboso.

Después de eso, pasé seis años sin pensar en la pornografía. Para muchas personas, Playboy no lo es, así que se podría considerar que mi primer contacto verdadero fue la vez que, a los 17 años, mi mejor amigo Joel me prestó dos vídeos: Rice Burners y una película sorpresa. Rice Burners trataba de unos tipos y tipas adeptos al “motorcross” que tenían sexo sobre y al lado de las motocicletas, en los talleres de mecánica y en los caminos terrosos de algún estado “redneck”. Motoras; era un “turn-off” perfecto para mí. Posé todas mis esperanzas en la segunda película, que resultó ser varias estampas clásicas y homosexuales; había hasta una escena en un granero. Convencida de que la pornografía era una mierda “overrated”, apagué el VCR y me ocupé en otras cosas por los próximos tres o cuatro meses.

Una noche, regresaba a mi casa. Mi mamá estaba sentada en la calle, en el murito de mi casa. Cuando me bajé del carro de nada menos que la mamá de mi novio de entonces, mi mamá se abalanzó sacudiendo en alto un videocasete. Le preguntaba a mi novio si sabía lo que era, él decía que no, ella le decía que era una película pornográfica, él se aguantaba el orín como todos los que se enfrentan a la ira de mi mamá, ella seguía increpando, presumiendo, gritando e insultando. En plena calle. La mamá de mi novio lo superó en cinco minutos, pero la mía todavía me lo saca en cara de vez en cuando.

Yo no sabía qué decir. Negaba que fuera mía, pero no había salida. ¿De quién más iba a ser? ¿De los gatos? Cuando entramos a mi casa, ella lo metió en el VCR para que lo viera. Para humillarme y que lo viera. Noté que la película estaba mucho más adelantada, que las escenas me eran desconocidas. O sea, ella lo dejó corriendo un rato en lo que se decidía a apagarlo. De repente, le apareció en la mano otro videocasete: Rice Burners. Para conseguirlo tuvo que haber hurgado entre mis cosas, pero me contuve de reclamarle ante la certeza de que mi falta era mayor.

La gay terminó hecha añicos. Rice Burners vive debajo de su colchón todavía. O al menos el casete. Si le diera por ponerla en el VCR, encontraría una película animada de La Bella y la Bestia.

Con la pornografía no aprendí mucho sobre sexo, sino a ser más prudente. Y a abrir videocasetes.

Caribbean Cool

A Carlitos por poco lo botan del colegio la semana después del welcome por dizque romperle la ventana al carro de Memo y Vale para tumbarle unas grabaciones de estudio. La clase entera por poco se fue a la huelga. Su viejo vino vestido de traje aunque algunos nos preguntamos si tendría la trusa puesta debajo. En el colegio, la raza era la diferencia entre entrar por beca o entrar por herencia. En el caso de Carlitos, los billetes no alcanzaban para comprarle un apellido de prestigio fuera del cuadrilátero. Los curas lo forzaron a disculparse frente a la clase. Algunos nos preguntamos si nos estaban grabando; si la expulsión de Carlitos del colegio era el gancho publicitario para anunciar su entrada al ring. El acróbata, sin embargo, seguía vestido de traje. Ni él ni su hijo dieron la señal para que se vaciaran los camerinos. Los curas nos despacharon después de la oración. A la salida, algunos le pedimos la firma al papá de Carlitos. Yo llegué tarde a inglés convencido de que las grietas en su frente se heredaban por conductos distintos a los billetes.

Rasquiña o una declaración muda del miconazole nitrate

Te pica. No te atreves a decirle que te pica y te inventas razones para que no estén juntos esta noche, sin decirle que la tienes en carne viva y que quizás ha sido su culpa. ¿Cómo se hace eso? ¿Le preguntas, o le notificas?

Puedes inventar un diálogo para motivarlo a discutir las razones. Puedes mencionar someramente un comentario sobre la variedad de bacterias en el medioambiente y cómo éstas viajan y se depositan en lugares tales como la boca, las manos, algunas partes del cuerpo. Esa es la oportunidad para decirle que se transmiten, que rotan, que mutan sin seguir un patrón acertado, sin dejarse regir por ningún logaritmo lógico. Se comportan como infantes y tienen lugares favoritos de permanencia temporal. Poseen gustos propios; es tan natural como comerse unos casquitos de guayaba con cottage cheese. Cottage cheese precisamente. Y mientras permanecen temporalmente en ése, su lugar favorito, pican. Dan rasquiña.

A lo mejor te funciona poner la cajita de Monistat en algún lugar visible, o frotarte los muslos en su presencia, para que vea el efecto de la comezón tan desquiciante que se te aglutina. O quizás, si te metes la mano adentro del panty sin el menor pudor y te rascas, puede que él se de cuenta y entienda el mensaje. ¿Le achacas la responsabilidad a él? ¿Estás dispuesta a que te mire con cara de asco y hasta que te exija?

Es probable que ignore el suceso, y que a pesar de tu incómoda piquiña, siga con los planes románticos para esta noche. Quién sabe, así es la vida, y al final de cuentas él es hombre.

Lo confieso

No creo en la biblia. Aunque creí en ella por más de veinte años… toda una vida. Hace mucho decidí pensar que había alguien que sabía más que yo y estuve dispuesta a sacrificarle toda mi vida, a ofrecerme como un sacrifico santo y agradable. Creí en aquel que los hombres me vendieron y, como todo lo que los hombres venden, simplemente resultó ser un anuncio engañoso. Todavía, a veces –en esos momentos en que ya no tengo respuestas para todas las preguntas que me surgen en momentos en que ya no sé qué hacer– quiero creer que hay algo más grande que yo, que está dispuesto a cuidarme y a guardar por dónde camino, que nunca permitiría que algo malo me pasara. A través del tiempo he querido creer que no sólo tendría que ser aquel que conocí como Jesucristo, podría ser Tara– una de las emanaciones de Buda que, específicamente, se dedica a proteger a los seres donde sea que estén. Aún así tengo dudas; lo que me ha resultado durante estos últimos años es cuidarme yo misma.

Eso me funciona a mí; no a todos. Hay personas que necesitan sentirse dentro de un camino que les canalice su espiritualidad –a ellos los respeto, admiro y defiendo con la misma fuerza que defiendo mi derecho de no hacerlo. La realidad es que en el mundo en que vivimos a veces necesitamos algo que nos dé el sentido, que no encontramos día a día. A mí no me interesa mucho; hay cosas consecuentes y otras inconsecuentes. No me quitan el sueño las consecuencias que tiene no sentir la carga de preocuparme si hay o no hay un dios, si es uno sólo o más de uno. A veces pienso, que es como querer saber, a ciencia cierta, si hay vida en otro planeta.

Lo que sí es muy cierto –no me lo invento– es lo que viví. A mis dieciséis años tenía toda la intención de hacer lo que fuese correcto y, aunque dentro de mí se sentía tan correcto escribir, leer, vivir este mundo de letras que ahora me envuelve, estuve dispuesta a dejarlo a un lado, por servir a mi señor, por servir a aquel que era más grande que yo.

Hay gente que dirá que quien me falló no fue él sino la gente, pero… ¿no se supone que él sepa más que yo? ¿Qué yo sea la niña y él, el papá? Hace unos seis años vivía cubierta por un casco espacial. Me había dicho que respirar el aire me mataría, que “este mundo” no era para mí, que era una peregrina en camino hacia mi verdadero hogar. Por eso fue que dejé de leer, por eso fue que no escuchaba música, por eso no tenía amigos: no quería contaminarme. Hace seis años, una tarde, en el segundo piso de mi casa en Naguabo, escuchando el sonido del mar, con un calor bárbaro, decidí que iba a quitarme el casco, iba a respirar el aire –si me moría, pues me moría, no me importaba.Me lo quité. Ya no me pesaba. El aire entró suave y con un olor a mar vivo y fuerte por mi nariz. El casco no me molestaba ya. No me morí.

Hace seis años recuperé una vida que nunca debí perder.No me arrepiento, para nada. No sería quien soy si no hubiera vivido lo que he vivido. No tendría a mis hijos, no tendría mis experiencias de vida.Es muy posible que si no me hubiera quitado el casco, estaría buscando cómo ponérmelo; ya no tengo que hacer eso. Ya sé muy bien qué hay debajo del casco.

De todas formas sigo pensando que no creo en un libro que ha sido traducido ya demasiadas veces –la mayor parte de ellas por razones totalmente políticas, que ha sido parafraseado otras muchas más; que ha servido de excusa para las más grandes barbaries de la historia humana. A veces quisiera creer que hay algo más, pero no me quita el sueño. He conocido cristianos a los que amo con todo el corazón y he conocido “paganos” que dejarían al mismo Cristo con la boca abierta. También he conocido ya demasiada gente que ha sufrido como yo.

Mi amigo Sancho Panza –porque, perdónenme, es mi amigo, el que no lo entienda que lea bien El Quijote, no como la mayor obra de arte, sino como el cuento que escribió otro escritor como el que anhelamos ser– le dijo a su gran amigo Alonso Quijano: “no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vayámonos al campo vestido de pastores, como tenemos concertado.” A mi amigo Sancho lo conocí el año pasado. Cuando lo leí, cuando lo sentí recrearse dentro de mí, no pude sino alegrarme –en lo más profundo de lo que soy– de haber decidido, seis años atrás, vestirme de pastora y no dejarme morir.