Baño de ¿damas? No lo creo

Leí en el periódico en estos días un artículo que intenta hacer conciencia sobre cómo evitar el basurismo, esa nueva y ascendente modalidad que implica estar rodeados constantemente de basura. No sólo lo leí. He experimentando en el día a día cómo nos conforma la coexistencia con el basurismo, o lo que es peor, cómo en medio del mismo nos sentimos a gusto. Vivimos esquivando obstáculos de basura, pero no recogiéndola; respiramos acostumbrados el hedor de la mugre sin que ello se vuelva un escándalo, en ocasiones disfrazando tales olores con aceites, aromatizantes y otras parafernalias que para eso se prestan. Vegetamos haciendo cada vez más cómoda nuestra vivencia entre olas y marullos de comidas a medio terminar lanzadas al suelo, latas de refresco abandonadas en las aceras y hasta pañales de bebés “olvidados” sobre las arenas de alguna playa. Le hemos creado un espacio dedicado a los desperdicios y no parece que queramos alguna vez salir de tal mórbida realidad.Sin embargo, lo que sucede en los baños públicos es otra cosa. Es peor de lo que se pueda soportar. Pilas y pilas de papel higiénico en el suelo, matizados con todo tipo de colores escatológicos, rodeados de orines en lugares más allá de los propios inodoros, y grafitis pintados en las paredes del cubículo del baño con trazados originados en las heces fecales de quienes parecen aburrirse dentro. Y soy una espantada fémina en pleno desahogo, por lo que todo lo relatado lo he experimentado en el mal nombrado baño de damas de algún lugar público.

No sé qué sucede con estas “damas”. Las veo entrar a los baños del mall emperifolladas hasta el copete, luciendo atuendos de alguna boutique o atelier exclusivo, modelando pantallitas de brillantes en el vientre descubierto y dejando escaparse el g-string de forma sexy por las verijas y el cóccix. También las hay vestidas de hilo, en traje ejecutivo y hasta con tísin en la cabellera. Las veo arremillarse de asco ante la idea de tener que sentarse en un lugar en donde se sientan tantas otras coterráneas y me detengo en sus gesticulaciones de rostro, en su arrugar de narices, en su estremecimiento de hombros cuando conjeturan con plena tiquismiquería que su popola no es la única que ha de posarse por allí. Las escucho decir que les da cosa poner el nalgaje sobre la taza del baño y lo único que me falta es ver lo que sucede luego, cuando cierran la puerta y se dedican a lo suyo en privado. Pero no hace falta verlo, porque con sus jadeos malabarísticos no es difícil imaginarlo. Es como observar a un infante en etapa de gateo eñagotado para hacer popó. Se vuelven equilibristas de circo sosteniendo un acuclillarse forzado en los aires, con el fin único de no tocar los gérmenes de la bacineta. Luego muy damiselas, muy principescas, muy chic, salen del cubículo sin ni siquiera limpiar sus emisiones, líquidas o sólidas, que se han derramado en los bordes debido al acto de levitaciones recién practicado. Y me refiero tanto a los fluidos de vejiga, como a las excreciones vaginales con las que me he topado. Porque a pesar de que se cruzan frente a mis narices mujeres que salen del baño público luego de haber manchado de meao la tapa del inodoro, he tenido la “dicha” de encontrarme también con las que han aportado manchas de sangre y hasta coágulos posicionados estratégicamente en el mismo lugar. Y por si esto fuera poco, una vez descubrí plastas de mierda sobre el asiento en cuestión. ¿Qué tipo de “damas” son éstas? ¿Quiénes creen ellas que limpiaran los rastros que han dejado? ¿Piensan que es tarea de los conserjes con salario mínimo federal? ¿Creen que les toca limpiar sus secreciones y defecaciones a la que sigue?

“¿Qué nos pasa, Puerto Rico?”, reza la nueva campaña publicitaria que intenta inculcar algo de valores a nuestra islita del encanto. Es una pregunta que me hago constantemente, ¿qué rayos nos pasa? La respuesta es tan camaleónica como disfuncional.Yo, por mi parte, decidí atajar de algún modo el atropello del baño de las “damas”, por aquello de contribuir con algo a que esta chabacanería, que va más allá del basurismo, se detenga o disminuya. La última vez que entré a uno de éstos habitats surrealistas y vi a una de mis congéneres dejarme en el inodoro un “regalito”, le toqué el hombro y le dije que se le había olvidado secar la tapa al salir. Igual no la limpió, la muy cochina, pero me di el gustazo de llamarle puerca en su cara.

Des Hechos

Es un cuerpo surcado de caminos grotescos, un laberinto sordo y seco… el tronco infestado de un árbol viejo.

Cómo recomponer lo descompuesto a golpe de carencias; cómo erguirse cada mañana sin darle crédito a la catastrofe evidente de estar deshecha y saber que sólo estás buscando la mano generosa que pueda restaurarte a la conciencia.

Re Clamo

Reclamo remiendos de manos abiertas, costuras de piel con hilos de esdrújulas y palabras torcidas; que me rodeen el cráneo, que me sujeten los hombros, manos que me hermeticen los huecos, encajando sordas sobre mí. Dedos que me surquen los párpados y los labios, para lamerlos con la lengua y sus lágrimas. Dedos que me recojan el vientre por donde las ingles pierden su espesura agridulce. Reclamo el lugar prostituido por tu manojito de manos voraces. Reclamo carne que me apuntale las coyunturas, las esquinas humilladas de ser siendo cuerpo de la calle.

La actuación comercial

Todo aquel que tenga algún tipo de contacto con el teatro queda marcado para siempre. La actividad teatral es como una medusa: todo aquel que mire de frente a su cabellera seductora, queda petrificado. A veces pienso que el actor es como una especie de Rey Midas, y todo lo que toca, lo convierte en oro.

Hace algunos años, cuando era un estudiante rebelde del Departamento de Drama, tuve la oportunidad de participar de una experiencia estremecedora. En el Teatro Universitario, cuando aún tenía sillas, se presentó La Gaviota, de Antón Chejov. Invitaron a un director alemán y en elenco participaron extraordinarios actores tales como Idalia Pérez Garay, José Félix Gómez, Axel Anderson y Cordelia González, entre otros. Permitieron que los estudiantes asistieran al ensayo general. El concepto de la puesta en escena fue con el público sentado en el escenario, muy cerca de los actores, y la platea estaba de fondo, insinuándose como escenografía. El lugar donde me senté era incómodo, estaba repleto de estudiantes. Tan pronto comenzó la obra me olvidé de la molestia y me sumergí en la trama. Aún me estremezco al recordar a Cordelia González en el personaje principal. Ella vibraba, emanaba una energía, un brillo, un aura, no sé cómo nombrarlo, que me atrapó. No pude dejar de mirarla.

En ese instante entendí lo que los griegos denominaron como la catarsis, un estado casi orgásmico, un éxtasis, entre el artista y el espectador. No encuentro las palabras para expresarlo, porque fue irracional. Sólo un poeta podría describir lo vivido. Es un encuentro único. Cuando eso se suscita, el teatro deja de ser oficio y se convierte en arte. O como diría Constantin Stanislavski: “el arte de la representación exige perfección, para seguir siendo un arte”.

Las circunstancias económicas, la poca asistencia a los teatros, las muchas alternativas de entretenimiento, el alto costo de la producciones, entre otros problemas, ha motivado a los productores a recurrir a muchas estrategias para recuperar la inversión. Lamentablemente, algunos mercaderes del teatro en Puerto Rico, indiscriminadamente confunden los conceptos de la libertad de expresión, espectáculo, oficio y entretenimiento, y lo mercadean como arte. Subestiman al público de esa forma. La prensa, por su parte, sin mencionar la poca cobertura que ofrece, malinterpreta constantemente, confunde “farándula” con “arte”, “figurín de televisión” con “actor”. Es como decir que un trapito sucio se puede usar como mantel. El que una persona pueda tocar varias teclas de un piano y sacar una melodía, ¿lo convierten en un músico? El que un individuo haga figuritas de animales en barro, ¿lo convierte en un escultor?

Una o varias personas se pueden reunir y presentar una puesta en escena en cualquier lugar de la Isla, y en ella, decir y hacer lo que quieran. Eso es un derecho adquirido con nuestra constitución. ¿Pero los convierte en actores?

¿Qué hace a una persona, un artista? ¿Un actor nace o se hace? Es indudable que existen seres nacidos para actuar, pero sin una educación formal en teatro no les sirve de mucho o de nada, ya que no logran manifestar sus habilidades a plenitud. Pero no todos los actores se forman en una escuela o departamento. Algunos por fuerza de hacer y representar; con disciplina y deseos, se convierten en actores respetados.

Ciertos productores de teatro, ante la crisis teatral por la que atraviesa el País, utilizan a personas que no son actores, que no tienen ningún tipo de preparación histriónica, pero sí algún tipo de notoriedad o presencia en los medios, para atraer público a las salas. ¿Existe algún problema con eso? Sí, es sumamente ofensivo, porque no aporta nada y degrada la profesión. Eso produce un efecto de luces de bengalas, inmediatamente se despliega una gran cantidad de luz que se evapora luego de unos instantes. Cuando alguien tiene un dolor de muelas no va a donde un electricista. Va al dentista.

Las obras de arte se aprecian por su alto valor artístico. Cuántas veces no hemos visto encabezados de periódicos que dicen: “La merenguera hace su debut en la actuación”, “La modelo y actriz”, “El rapero convertido en actor”. Éstos son utilizados como ganchos publicitarios para atraer gente a las salas. Y lo peor del caso es que cobran cuatro veces más de lo que cobran actores que llevan años tratando de crear un nombre o un reconocimiento, no por vanidad, sino para ampliar sus oportunidades de trabajo. Algunas veces, el único mérito que llevan éstos personajes de la farándula es que se casaron con una persona conocida o peor aún, que se ha agrandado las tetas. Con eso llenan portadas de revistas. Es un culto a lo banal. En otras palabras, el mensaje que se envía es, que cualquier imbécil puede hace teatro. ¿Y esto es así? ¿Cualquier idiota puede pararse en un escenario y transformarse en actor?

Si los del ballet buscan bailarines adiestrados, si los de la ópera buscan cantantes profesionales, pues, en el teatro deben estar los actores. Para lo demás existe la televisión. Esto no quiere decir que si se va a montar una obra que requiere de una destreza en particular y no se consigue a un actor preparado para realizarla, no se puede recurrir a un exponente de otras disciplinas, como por ejemplo a un gimnasta, un cantante profesional (no comercial) o un bailarín, por mencionar algunos ejemplos. El problema es cuando, pudiendo realizar el trabajo un actor, contratan a alguien de la farándula que no tiene ni los méritos, ni la preparación, ni mucho menos el talento, para realizarlo. Eso es lo ofensivo.

Parece que piensan que para actuar lo único que se necesita es cierto grado de naturalidad. Dicho de otra forma, para hacer televisión, se necesita que el individuo se comporte como lo hace en la vida real. Y con eso no hay ningún problema. Muchos son exitosos en ese medio. Pero una cosa es la televisión y otra, el teatro. Ellos en su medio ambiente y nosotros en el nuestro.

Pero no todo es tragedia, algunos figurines se acercan al teatro con respeto, como debe ser, y reconociendo sus limitaciones, buscan la ayuda necesaria para compensar la inexperiencia o la falta de talento.

Para actuar se necesita la naturalidad, el decir con verdad. Pero no es lo único. También es necesario investigar, tener talento, habilidad, experiencia, intuición, malicia, técnica, conocimiento, disciplina, preparación; saber explorar, escuchar y ser un buen observador. En fin, ser un artista, que no es otra cosa que ser un creador.

Constantin Stanislavski dijo más:

No puede haber arte sin virtuosismo, sin práctica, sin técnica, y mientras mayor sea el talento, más se necesita de aquéllos. Los aficionados rechazan la técnica, no por convicciones concientes, sino por pereza licenciosa… En realidad, entre actores profesionales, hay muchos que nunca han cambiado su actitud de aficionados hacia la actuación.

Así que para convertirse en actor se requiere adiestramiento y preparación académica. Con naturalidad solamente no se puede trabajar las obras de Sófocles, Lope de Vega, William Shakespeare, Moliere, Henry Ibsen, Bertolt Brecht, Arthur Miller, sólo por mencionar algunos. Para actuar en alguna obra de cada uno de estos autores, se requiere una preparación y un acercamiento distinto al personaje. En las corrientes contemporáneas los acercamientos son cada vez más rigurosos. Y esto no lo puede hacer cualquiera. ¿Y qué me dicen del teatro oriental? Esos actores pueden estar muchos años preparándose antes de hacer su primera representación.

Stanislavski, que también reflexionó sobre esto, planteó:

Se necesita un gran artista para transmitir grandes sentimientos y pasiones… un actor de gran poder y técnica”. Sin esto último, un actor es incapaz de comunicar las esperanzas y tribulaciones universales de un hombre. La falta de comprensión y educación resulta en arte de aficionados. Sin un dominio completo y profundo de su arte, un actor no puede transmitir al espectador, ni la idea, ni el tema, ni el contenido viviente de una obra. Un actor crece mientras trabaja. Durante un período de años de estudio, aprende a seguir un camino adecuado para sí y una vez aprende a ejecutar su trabajo adecuadamente, se convierte en un maestro de su arte.

No pretendo con esto decir que sólo los actores pueden hacer teatro. Eso sería una falacia. Está la libertad y la necesidad de expresión. Oponerse a esto sería censura. Pero comparto lo expresado por C. Stanislavski: para que el teatro trascienda, debe representarse con las personas preparadas para ello.

Es alarmante la cantidad de obras que se presentan con poco o ningún valor artístico: livianas, de vodevil, huecas, que entretienen pero no aportan al enriquecimiento cultural del País. Y las buenas producciones, las trascendentales, las necesarias para el engrandecimiento de los pueblos, van en descenso.

Algún incauto tratará de convencernos de que el teatro que crítico es bueno y de provecho, pero quienes hemos visto y participado de la excelencia sabemos la verdad. Por eso alzo mi voz de alerta: porque no solamente el público se desanima, sino que los artistas involucrados en las artes de la representación, como los actores, directores, dramaturgos y demás profesionales y artistas que componen el quehacer teatral, se desorientan.

En tiempos de crisis no se puede dejar de hacer teatro de calidad. Eso sí, hay que hacer ajustes, pero nunca dejar de hacer arte. Ésa es nuestra razón de ser. No todo puede ser consideraciones económicas. ¿A quién le pertenece el teatro? ¿A los productores nada más?

Por eso es que las nuevas corrientes teatrales, las que disfrutan otros países, llegan a cuenta gota. Nos parecen extrañas, ajenas. No hemos notado que el problema es nuestro, que hemos permitido que nuestro teatro se estanque.

Por eso recuerdo con nostalgia aquel montaje de La Gaviota, cuando me enamoré, con un amor de adolescente, de aquellos personajes, de aquella gaviota que aún revolotea en mis adentros.