Ciclos

La conciencia se mantiene debido a los ciclos en que se sumerge.
Cada ciclo tiene sus propias reglas.
Un ciclo está compuesto de instantes.
La contemplación de estos instantes exige pausas en los ciclos.
Las reglas de un ciclo pueden cambiar después de una pausa.
El reconocimiento de ciclos exige ejecutar pausas continuas y frecuentes.
Verse envuelto en ciclos, conocer y comprender sus reglas, puede llevar a una forma de locura.
Esta locura consiste en hacer evidencia del sin sentido.

Según el hermano, la policía había encontrado a Adriana tirada en Suesca y habían obtenido el número telefónico de la casa debido a que conservaba todavía consigo el recibo de un laboratorio fotográfico.

Tirada en Suesca suficiente para sentir otra vez deseos de vivir con ella, de amarla como se dice comúnmente, todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches de la vida.

La imagen tirada en Suesca se me atravesó de súbito por la mente similar a una escena de video de esos que pasan todo el tiempo en algún canal musical del cable. Se trató de una muy breve imagen, casi un flash fotográfico, un relámpago donde poco se alcanza a saber en cuanto a detalles precisos pero del que se capta mucho de su sentido total.

Una visión fugaz que dura en construirse tan sólo fracciones de segundo y cuyo resultado explota repentinamente mientras sostengo el auricular del teléfono, sentado ante la insistencia de la pantalla del computador en informar “Windows se está cerrando”.

Sobre un fondo de color verde pasto oscuro, un tanto crecido, que compone en conjunto un tono uniforme como el de una mesa de billar mojada. Ahí se encuentra ella, acolchonada, de medio lado, encogida, como si hubiese caído dormida después de haberse emborrachado en un paseo de tierra caliente. Con un brazo sobre el otro, las palmas de las manos hacia arriba y la rodilla derecha apoyada en el tobillo izquierdo.

Así se me apareció en esta veloz visión gráfica: con el pantalón anaranjado de pana delgada que una vez compró en un almacén cerca de Unicentro y que es de un color zanahoria muy bonito.

En relación, muchas cosas podrían ser dichas pero sólo mencionaré unas cuantas. No en vano vino a mi cabeza en ese momento, por lo tanto, entender los motivos de su selección en mi memoria significaría una aproximación al funcionamiento de algunos de los mecanismos que subyacen a eso comúnmente llamado el recuerdo. Tema extenso e intrincado, apasionante para los profesionales dedicados a estudiarlo, ya sea al interior de una vida o a lo largo de la historia.

El sitio donde lo consiguió pertenece a la clase de almacén considerado por muchos un robo. Una impresión debida a que los artículos en venta no parecen corresponder con los costos asignados y pocas personas comprenden cómo algo así pueda valer igual a un buen reproductor de CDs.

Fue ese pantalón durante la época de nuestra amistad, después de haberla elegido como modelo para realizar un catálogo de fotografía, el escogido por su tonalidad y textura para que usara.

Naturalmente si uno debe elegir a una mujer para algo es muy fácil comenzar a sentirse atraído hacia ella, en gran parte por la elección en sí misma.

(Ese día de las fotos recuerdo que ella usó además del pantalón anaranjado una blusa esqueleto azul muy sexy.)

Ella había comprado ese pantalón, tiempo atrás, con una tarjeta de crédito perteneciente a su hermano mayor y aparece ahora, por razones que estoy lejos de comprender, como el primero llamado a conformar junto con el fondo verde de mesa de billar mojada, la escena de tirada en Suesca que se me ocurre ahora al pensarla de una forma medio fotográfica, algo erótica.

Además de este fondo color verde oscuro y del pantalón zanahoria existen otros componentes de la escena. En este momento sin embargo, comienzo a dudar acerca de mi propia memoria, es decir, de lo ocurrido hace ya demasiados instantes que se mezcla ahora con nuevas corrientes de pensamientos y eventos para influir en mi conciencia al relatar mis recuerdos.

Esta situación, debo reconocerlo, me impide dar completa cuenta de la precisión de mis palabras. Una forma de diluir las espesas emociones y sentimientos que en su momento atravesaron mi alma para ahora convertirse en categorías de mi lenguaje diario. Defensas que se ponen en marcha oportunamente cuando se dice de manera abierta haber amado a alguien que ya nos abandonó o que ha muerto, sin la necesidad de sentir el dolor que la sola mención debería implicar.

El lugar de los recuerdos, los pasadizos de la memoria, no sólo son intrincados sino además tenazmente cambiantes. Nunca se sabe en realidad lo que pasó momentos antes, sean estos minutos o años.

Acerca de sus prendas superiores o de sus zapatos, lastimosamente no puedo decir nada con certeza ya que la visión de la escena es fugaz, e insisto, aunque nítida en su sentido emocional no permite precisar detalles en cuanto a sus partes componentes. Sin embargo, con respecto a estas prendas puedo pensar en una camisa de varios botones y cuadritos azules demarcados por delgadas líneas amarillas. En verdad me fascinaba esa camisa, me evocaba a los trovadores cubanos que me despiertan tanto afecto. Fuerza y motor para cantar en ocasiones, casi siempre mientras caminábamos durante algún paseo y cuando ella se me aparecía con un delicioso encanto medio insular. Algunos fragmentos de letras como:

Cuando salí de Cuba,
dejé mi vida dejé mi amor,
cuando salí de cuba,
dejé enterrado mi corazón.

Paseos, viajes, actividades duraderas que rebosan de placer y satisfacción un alma; lo más completo que puede hacerse en la vida estando enamorado.

La primera vez que canté a Adriana el aparte de alguna canción estaba majestuosamente acompañado por una orquesta de cigarras y un olor a gallinaza de galpón. Recorríamos un trayecto a pie en la pequeña carretera que separa dos pueblitos al oriente de Bogotá llamados Fomeque y La Unión.

Los paisajes de esta zona me son bien conocidos. En aquella ocasión sentí varios placeres encantadores para la memoria, evocadores de niñez: el silbido del pájaro que parece recibe el nombre de compra-pan, olor a árboles de chirimoya y pomarrosa, a tierra llovida, a grillos entre un frasco de mayonesa con huecos y helado de leche preparado por monjas de convento.

Durante estos viajes como mencioné antes, Adriana adquiría un encanto de tipo insular, el amor se apropiaba entonces del mismo encanto, es decir, se hacía isla. Se apartaba internándose en el mar de la profunda tranquilidad espiritual donde en un día soleado siempre hace brisa, allá donde las noches siempre son tibias. Lugar que posibilita la petición de deseos como los de esa canción:

…que todas las noches
sean noches de boda,
que todas las lunas
sean lunas de miel…

Esta letra: representación de una fantasía y argumento sobre la verosimilitud del amor; conforma una clase de soporte para aquello que se arraiga en el espacio ideal del deseo abrazándose a los anhelos de felicidad.

Pero los sueños no son algo que se lleve a cabo. Cada sueño es en sí mismo irrealizable; su naturaleza es la de ser sueño y como tal, en caso de comenzar a transformarse en hechos que huelen, saben, se tocan y en general, se viven, desaparece, huye.

Lo sigue un penetrante sinsabor: la sensación de que tan pronto como es obtenido lo que con tanta fuerza se anhelaba se disipa su parte fundamental, su esencia de ensoñación.

Aquellos pilares que antes sustentaban la idea ahora se desmoronan y el amor se hace ruinas, queda arruinado.

Solo queda ir a visitar los escombros, aprender sobre su valor arqueológico en un plan turístico contemplativo… en un paseo.

En cuanto a sus zapatos, serían quizá unos tenis grises cómodos. Tienen que serlo puesto que ella se encontraba en Suesca y es poco probable ir allá sin tenis.

Los tenis en general en las mujeres jóvenes llegan a desatar en mí mucho deseo, son prueba imaginaría de versatilidad, flexibilidad y estado físico. Me hacen sentir todo el erotismo que envuelve el deporte.

Aunque eso de prueba imaginaria suena un poco a aberración si se le mira con cuidado. Adriana siempre fue una mujer deportiva, es decir, me despertaba esa y otras varias aberraciones que enamoran.

¿Qué es una aberración? Aquello que nos satisface por vías que comúnmente preferimos rechazar pero cuyo placer implica una tentación que es en sí misma un goce y cuya realización colma no solo el ansía del deseo sino que además implica una forma de liberación, de decisión y autonomía sobre las propias restricciones.

Acerca de su pelo: un suave y delicado liso de color castaño oscuro que se desliza ahora obediente detrás de su cabeza y cuello oliendo todavía a champú. Lavado con seguridad pocas horas antes debido a su acelerado engrasamiento diario.

Era una soleada tarde, un sábado de viento, el día que fuimos cerca a la casa en el barrio de ella, a la peluquería. Establecimiento comercial de la belleza al que la acompañé sujetada de mi brazo –y estando yo de muy buen humor– para que le hicieran un corte y un tratamiento de uñas. Lugar donde cobraron por ambas cosas algo similar a la tarifa de un psicoanalista promedio por hora de sesión.

Ese día mientras esperaba a que terminaran de hacerle el corte yo leía un cuento de Agatha Christie. Estaba sentado en un sofá de cuero, tomando tinto en un pequeño vaso desechable conductor del calor –que hay que estar cambiando de mano para no quemarse– y cuya sensación se fundía con la del olor a pelo chamuscado producida por los secadores.

Cuando por fin terminaron Adriana se veía realmente atractiva. En momentos así se siente que todos la miran. Se está espiritualmente más cerca de quienes la observan y desean que de ella misma, ubicada distante y oculta en su belleza.

Virtud que al resultar del tratamiento en peluquería atrae y aleja en un tiempo simultáneo. Se crea un presentimiento: noción de espejismo. Se percibe otra forma de sinsabor en el que la vista se halla completamente seducida.

Cuando se piensa en eso se cae en el acertijo de la belleza: la belleza no es un juicio propio percibido por quien la observa sino que responde a un juicio de otros que invade y se apodera del propio deseo.

Adriana era hermosa en la medida en que respondiera a ese juicio que le fue asignado. Las personas por lo tanto siempre le reprochaban que siendo bella no lo demostrara como debía.

Había pasado un mes de almanaque desde la última vez que había hablado con ella, desde el momento en el que comprendí que no debía aferrarme más puesto que no era necesario. Me había abandonado, no mezclaríamos más nuestras bebidas de sabores distintos para inventar uno nuevo.

Ya había reunido el valor necesario para llamarla –valor que no es una riqueza– para solicitarle que me devolviera algunos CDs que pertenecían a mi padre y llevarle también algunos libros que nunca terminamos. También estaba ya escrita de mi mano la dedicatoria que debía poner en el libro que le regalé la navidad que no nos vimos.

La llamé en el mejor momento: muchos días mas tarde, mientras mi computador se resistía a apagarse.

Me contestó la voz del hermano que tras un saludo –involucrando la palabra milagro– me dijo que no estaba. Apropiadamente recapacitó al notar mi silencio. De seguro imaginaba mis sentimientos e hizo también su propia pausa, estaba en su derecho antes de decirlo.

Justo antes de que esa imagen fugaz y repentina apareciera en mi cabeza.

En ese momento sucedió: con ese fondo verde pasto de mesa de billar mojada, vistiendo el pantalón anaranjado color zanahoria que tan bien le quedaba y la camisa de cuadritos azules, calzando los tenis grises cómodos, con su pelo obediente oliendo todavía a champú, así apareció. Cuando sentado frente al computador escuché por el teléfono al hermano diciéndome después de ese silencio preparatorio: encontrada tirada en Suesca “parece que se intentó suicidar”. Así: erótica, hermosa.

Pero esta belleza, su adorable brillo, no es algo que uno pueda quedarse viendo. No hay tiempo para tal maravilla, para tal goce. En momentos así hay que decir con urgencia, con adecuado cambio de voz y ánimo algo armónico con la noticia, acorde al instante, algo como: No, no, no me diga eso.

Madonna

Estoy sumido en una paradoja —o en dos, para ser más exacto—. La primera es Madonna; no la Virgen, la madre de Dios. De ésa no voy a hablar, el Señor me libre. Voy a hablar de la otra, la cantante, la reina del pop, quien puede ser o no ser virgen. No podemos mencionar a su hija para invalidar su virginidad porque María, la virgen madre de Dios, también tuvo un hijo y siguió siendo virgen, o eso nos han dicho, predicado e inculcado en nuestra formación cristiana. Por tanto, si de ser virgen se trata, el tener hijos no sirve como evidencia para dejar de serlo.

A la Madonna, la cantante, la conocemos por “Like a Virgin”. Su verdadero nombre no lo usa. Pero ¿realmente importa su nombre? Ella es un producto de la cultura norteamericana, así como La Madonna, la otra, la madre de Dios, es un producto de la Iglesia Católica. Pero ¿qué estoy diciendo? Estoy pecando contra la Iglesia. Bueno, ya no soy católico, por consiguiente ya no debe ser pecado, al menos para mí, cuestionar lo incuestionable. Yo puedo comer carne los viernes de cuaresma sin sentirme culpable. El sentido de culpa es para los católicos; que ellos sigan sus reglas, así es como Dios lo ordena. ¿O es la Iglesia? “Lo que aten aquí en la tierra será atado allá en el cielo”. Frase muy conveniente para justificar lo injustificable. Ahora estoy confundido. ¿Es Dios o es la Iglesia la que determina el pecado? Por eso intereso descubrir el veritas del asunto. Volvamos a la Madonna, la cantante. Ella le dedicó un disco al Papa. El Papa no la patrocina pero sí es ferviente admirador de la otra, la que no canta (o por menos no tenemos constancia de ello). La Virgen madre vivió en el medio oriente cuando el Imperio Romano lo gobernaba. La Madonna de ahora no vive allí, pero el Imperio Romano de nuestros tiempos, el de los Estados Unidos, quiere adueñarse de esas tierras milenarias.

Las “Madonnas” son iconos en sí mismas. Es más, las Iglesias están revestidas de las imágenes de María y, en las nuevas iglesias, las emisoras televisivas como MTV, que son los templos de la nueva iconografía contemporánea, donde los espectadores-feligreses-consumidores veneran con una devoción casi religiosa, presentan imágenes de Madonna a toda hora. Bueno, de ella ya no tanto porque, a través de un beso (no como el de Judas en la mejilla a Jesús, el hijo de la Virgen, sino de lengua) invistió a Britney Spears como la heredera y nueva pontífice de la iconografía mundial. La tercera Madonna también se declaró virgen hasta que un novio despechado la desmintió, o mejor dicho, la desvirgó.

Pero volvamos a la Madonna material, la que le canta a este valle de lágrimas, y su relación con la Madonna que ascendió al cielo. Cada una representa una ideología sostenible en sí misma. La Virgen María simboliza la pureza, la portadora de la buena nueva y la mujer valiente, la que intercede por los demás. Madonna representa la rebeldía, la mensajera (del bien o del mal, depende de quién lo analice), y la mujer valiente que intercede por otros. ¿Cómo? ¿Que ella también intercede por otros? Ya veremos.

Admito no ser particularmente fanático de Madonna. Pero salió una noticia que llamó de inmediato mi atención. La publicaron como sigue:

La reina del pop Madonna podrá ser escuchada en las radioemisoras Iraquíes gracias a su oposición a la guerra, después de estar prohibida durante 10 años por el gobierno de Saddam Hussein, según publica el diario Daily News.

El partido Baath, que lidera el gobierno de Bagdad, decidió esta semana levantar la prohibición contra Madonna después del lanzamiento de su nuevo sencillo y vídeo titulados “American Life” y su oposición a un conflicto armado en la región.

La música de la cantante había sido prohibida en la radio debido a su tema “Like a Virgin”, el cual, según las autoridades iraquíes, ofendía a las mujeres.

Esta semana, el diario oficialista iraquí Al Thawara alabó a Madonna por su sencillo “American Life” y su vídeo, el cual muestra su oposición a un ataque contra Irak, y por expresar siempre su punto de vista (El Nuevo Día, 4 de octubre de 2003).

¿Que Madonna está en contra de la guerra? ¿Que los iraquíes quieren difundir su música?

Analicemos esto punto por punto. Madonna es la representación de la cultura pop estadounidense. En todos los sentidos, no pertenece en la cultura árabe o musulmana. Inclusive, su estilo de vida rebelde va en contraste con las enseñazas del Corán. De pronto Madonna, a quien en nada le beneficia abogar por el pueblo iraquí, se muestra molesta por la decisión de George W. Bush. La ironía del caso es que nombra el disco “American Life”. Ella, que ha disfrutado de ese estilo de vida, ahora lo critica. ¿Pierde Madonna su esencia por asumir esta postura? Indudablemente no. ¿Estará ella a favor de Saddan Hussein? Tampoco. ¿Adquiere la dimensión de la Virgen María por esto? Ni soñando. Pero ella visualizó a Irak como un “archipiélago de fracaso en un océano de éxitos”, como dice Ralph Peters en su libro Fighting for the future: Will America Triumph? (1999, Stackpole Books), y a los Estados Unidos como los deseosos de bañarse en el océano de petróleo de los iraquíes.

Por otro lado, si Madonna no pasa a ser para los iraquíes un modelo feminista digno de imitar, ¿por qué ese repentina aceptación? Quizás les pareció interesante volcar en contra de los Estados Unidos a un producto creado por su propia cultura. Sin embargo, ¿han cambiado las creencias que rigen al pueblo iraquí? Madonna no ha dejado de ser lo que es, simplemente ha asumido una postura, contraria a la del Pentágono, igual que otros del santoral farandulero estadounidense.

Así que está mujer, que cuando vino a Puerto Rico se pasó la bandera por donde se legitima o no la virginidad, de la noche a la mañana es aclamada por quienes antes la censuraron, y quienes tanto la aclamaron ahora la censuran.

A partir de este suceso no sabemos más de Madonna que antes. Vuelve a surgir la rebelde de siempre. Ahora hay una causa. Lo que no sabemos es si esa causa es una excusa para vender más discos.

Mientras, la Virgen María es una de las fuentes de dinero de la Iglesia Católica, por razones diferentes de las de Madonna. Desde los inicios de la veneración a la Virgen, se le creó una imagen de quién y cómo fue. Y cuando digo “imagen”, lo digo en el más amplio sentido de la palabra: imagen como construcción de su realidad e imagen como escultura. De ambas la Iglesia ha sabido capitalizar, económicamente hablando. Si bien es cierto que María suele ser el consuelo de muchos, también lo es su variada iconografía. Su mercancía incluye figuras, estampas y rosarios. Son imágenes coloridas de todos los tamaños y formas, de papel, de madera, de cerámica y de plástico, hechos en China o en Taiwán (países no católicos, pero que sí disfrutan de la música pirateada o comprada de Madonna). Le han cambiado el nombre o el “look” para hacerla accesible a todas las culturas. Ella es la Virgen de Fátima, la de Guadalupe, la Providencia, la del Pozo, en fin, si sigo no acabo. ¿Alguien tiene alguna idea de cuánto dinero se ha sacado en las ventas de las figuras e imágenes de la Virgen? Nadie lo sabe. Me parece que la imagen creada por la jerarquía católica no le hace justicia a la clase de mujer que fue. Ella arriesgó su reputación y su vida por traer al mundo al hijo de Dios, cuando el Espíritu Santo la preñó.

Esto de salir embarazada por el Espíritu Santo parece mitología griega. Suena a cuando Zeus se disfrazaba de lluvia o de toro para seducir a una ninfa. Pero fuera de esa imagen misteriosa de Inmaculada iniciada por la Iglesia Católica, está la joven valiente que retó a la autoridad de su tiempo. Poco importa si permaneció o no permaneció virgen después de tener a Jesús: ella vale por lo que hizo.

Presentadas estas dos paradojas de nuestros tiempos estoy en el mismo punto de partida. A las dos las envuelve un manto de misterio y de encanto. Incluso cuando son diametralmente opuestas.