por Maite Aragón
Hoy el día se ha conciliado con mis contradicciones; se ha cubierto piadoso las manos con guantes grises, oscuros como el fondo de mis ojos, después de todos estos meses en que el invierno quiere ir y venir a latigazos para volverme loca. Con el cuerpo en volutas encogido, con una cortina de agua punzante y fría recorriéndole la columna, ha venido a darme la clave de tu ausencia: tengo que resignarme; y la resignación ha cobrado la forma de un hueco entre mis pechos, sordo y mudo, seco, donde el ritmo de los pasos sobre el asfalto daba golpes. La realidad venía cubierta con una voz de música urbana que me acompañaba. El camino venía repitiendo el residuo de mi reflejo en los cristales de los escaparates tristes de esta ciudad desierta, donde una vez hubo sol y cielo azul y tú, a mi lado, recorriéndola. Pero esta tarde el día vino a decirme con sus susurros de viento, que me resignara a tu ausencia. La bóveda pesada vino a entallarse sobre mi cuerpo, ciñéndose para pulirme las esquinas agrias de mi inconformismo; vino a acariciarme como a un perro perdido, y pude sentir en la palma de sus manos frías la miseria compartida del dolor de este extravío. El alivio es siempre espeso y simple: sólo resignarme, para sufrir menos; la tarde vino a decírmelo: sólo esperar a que el día se cambie los guantes. Desde entonces caminar apartándome los ojos de la imagen hundida de mis pasos, uno detrás de otro, ritmo continuo sobre el asfalto; desde entonces observar el horizonte imponiéndole tu regreso. Y saber que te vas viniendo, de una manera imprecisa, desde lo lejos, para alcanzarme no sé en qué espacio del tiempo.
Revista
por Axel Alfaro

Hoy me di cuenta que al tipo de la luz del expreso Trujillo con la 65 lo veo casi todos los días, y llevo viéndolo desde hace cuatro años. Eso significa que en la suma, a través de mi vida lo he visto más que a algunos amigos. De repente me pregunté cómo se llamará. Consideré dejarlo por fin que me limpiara el parabrisas, quizás de una vez preguntarle el nombre, pero eso me pareció demasiado dramático, y la verdad es que mi parabrisas estaba bastante limpio, como siempre lo ha estado en los últimos cuatro años.
por Raquel Ramos
Especial para Derivas
El papa tiene gripa, bendito; está enfermo. Me enteré hoy, y aparentemente ya hace un tiempo desde que la noticia salió.Fue por una amiga que me dijo, “El papa se va a morir”. Me sentí mal después por no haberle ni prestado atención al comentario; cuando la gente empezó a opinar y hablar más del asunto me di cuenta que estaba siendo ignorante. Llegué a casa y agarré el periódico a ver si encontraba alguna noticia relacionada, pero sinceramente después de un rato no me importó más. Seguí pasando por las páginas hasta que encontré algo sobre Jennifer Aniston y Brad Pitt, y ahí paré. Leí sobre su separación y la especulación en cuanto a las razones. Eso me llamó más la atención que el papa enfermo. Me fui, y luego pensé de nuevo en mi ignorancia; me hice un café y volví a sentarme junto al periódico, esta vez con toda la intención de buscar información sobre el papa.
Pero estaba cansada, había llegado de un día atareado y me estaba quedando dormida. Aparentemente ese café no me despertó, porque nunca llegué a abrir el periódico de nuevo. Terminé en el sofá viendo televisión, no siendo ignorante y aprendiendo de la vida de Jennifer Aniston y Brad Pitt.