Gata Salvaje, Remastered

Patricio confabula una trampa para atrapar a Rosaura. La embosca y le amarra los pies y las manos. Todo fue muy fácil. Ella, embarazada y aun así montando a caballo todos los días, galopaba convenientemente sola. Vaya gusto por las actividades de gente rica. ¿Qué no era ella originalmente una sirvienta? Bueno, probablemente fue criada en un campo, allá en México, y aprendió a montar a caballo y a tomarle aprecio a la equitación cuando, de niña, se transportaba de un pueblo a otro por las vírgenes selvas del territorio azteca. Sí, ya sé que Rosaura es joven y que en su infancia ya había automóviles, pero no en el campo donde debe haber crecido. ¿Qué no es mexicana? Allá no hay muchos carros, bendito. Allí todavía se habla español. Patricio le promete a Rosaura cambiar con tal de que ella al fin lo quiera. Pero se le cae el kiosco. “No, Patricio. ¡Entiéndelo! ¡Jamás te voy a querer!” Emitida la sentencia, Patricio la deja amarrada a un árbol en el medio de un campo, donde nadie escucha su voz, a cinco o diez minutos de distancia de la hacienda donde Rosaura tiene sus caros ejemplares, como el que montaba hasta hace un rato y acaba de escapar. Claro, sólo la gente asquerosamente rica, como pueden llegar a serlo las sirvientas de las novelas, puede darse el lujo de dejar perder caballos costosos y no llorarlos.

A continuación, Rosaura emite gemidos que se van convirtiendo en grititos que no deben bordear la cafrería. “¡Ayúdenme!”, ruega. “¿Qué nadie me va a venir a ayudar?” La pobre Cenicienta nunca ha entendido que una emboscada es un acto de odio premeditado, y que cuando uno planifica hacerle mal a alguien que odia, no lo publica. Y no, Rosaura, nadie te va a venir a rescatar porque nadie sabe que estás aquí.

Pero, repentinamente, el augurio de una pitonisa se cumple: un hombre le cae del cielo. Da la casualidad que por las cercanías Osvaldo Ríos practicaba el paracaidismo y cae justo frente al árbol del que ella está amarrada. Sin moverse, inicia una operación de reconocimiento del área y tarda unos minutos en divisar a la hermosa mujer amarrada a un árbol. Él la mira y se sonríe. Se queda allí admirándola, con cara de triunfo, como reconociendo que encontró por casualidad al amor de su vida. Pero no se inmuta. Debe ser muy normal allá en los campos tercermundistas ver hermosas mujeres amarradas a un árbol.

Y se produce el fenómeno de telenovela llamado “amor a primera vista”. Rosaura, amarrada aún, también sonríe al ver a Osvaldo Ríos. Ya no grita. Ella sabe que el desconocido la ha visto, tiene las mejores intenciones y va a salvarla. Ambos sonríen. Ambos ya se aman. Y aún Rosaura no ha comprobado que al deportista le apestan los sobacos, ni Osvaldo Ríos ha olido la halitosis de Rosaura.

Los hospitales

Mi abuela ha estado hospitalizada durante todo el fin de semana, pero como ha estado recluida en cuidado intensivo, no ha habido necesidad de peregrinar al hospital, pues en intensivo la media hora de visita concedida se cumple a cabalidad. Media hora es poco cuando uno quiere pasar todo el tiempo posible con una persona a quien se tiene miedo de no ver más. Además, los visitantes deben turnarse para entrar, y mi abuela nunca tiene menos de dos visitantes. El domingo la visitaron siete personas que debieron dividirse la media hora lo mejor posible. Por otro lado, sólo media hora de visita es una conveniencia para el visitante político, el que viene a que lo vean cumpliendo con su deber moral de visitar a un amigo o familiar enfermo y, en otra circunstancia menos controlada, visitaría sólo media hora aunque tuviera diez. En este caso, el visitante político no tiene que anunciar tan pronto entra que tiene prisa (o, mejor dicho, no reiterarle al enfermo que su visita es un acto de generosidad de parte de una persona extremadamente ocupada), ni tiene que preparar una despedida emotiva, porque las enfermeras se encargan de propiciar una conveniente despedida precipitada. Claro, el visitante que está realmente preocupado por la situación del paciente (jamás le llaman enfermo en el hospital) se logra colar hasta incluso diez minutos después de que la intervención de la enfermera hace inminente la partida.

Pero cuando un paciente está recluido en un cuarto regular ocurre la peregrinación, que consiste en la instalación de una caseta de campaña y una hornilla de kerosén en el cuarto del enfermo. No sé si ocurra en muchas familias, pero en la mía nos turnamos para acompañar en todo momento a mi abuela. Una peregrinación de este tipo requiere paciencia y aplomo. Uno siempre procura no aburrirse y hacerse de –en orden de popularidad– una revista, un libro o un juego de mesa. Pero en intensivo nadie puede leer, y en un cuarto regular, mi familia tampoco puede leer porque todo el mundo está ciego. Si en el cuarto hay televisión (¡prodigio!) todo el mundo se entretiene. Pero cuando no hay nada qué hacer, es importante darle mucha conversación al enfermo, pues luego de que el visitante se haya ido, aún quedarán horas y horas para verlas desfilar segundo a segundo. Cuando definitivamente no hay nada en qué ocuparse (o cuando el visitante puede, pero el enfermo no), uno procura que el paciente se duerma. Es una manera de desligarse de la tediosa y difícil tarea de entretener a alguien a quien nada entretiene y sólo quiere estar en su casa. Y entonces viene el frío.

Los hospitales tratan de preservar los cuerpos de los enfermos, sin darse cuenta de que todavía están vivos y no son cadáveres en la morgue. Mi abuela es bastante flaquita y no tiene grasa que la mantenga en calor, así que se tiene que enterrar en la cama bajo la bata de baño, la sábana, un grueso cobertor y una estola de lana, aparte de la bata que ya lleve puesta. No sé cómo se puede dejar bañar; yo me defendería amenazando con echarle el contenido del pato a quien osara desnudarme.

Chiringa

Luego de observar la bahía por un rato se nos ocurre caminar al Morro. Cruzamos la Plaza del Quinto Centenario y decidimos comprar una chiringa.

Nos vamos al pasto y comenzamos a armar la chiringa, una Gayla (¿habrá otra marca?). A falta de un zafacón cercano, depositamos la envoltura plástica en la cartera de Isabel para botarla más tarde. Nos tomamos tiempo removiendo la etiqueta pegajosa que cubre el carrete de hilo, nos tomamos tiempo en poner la chiringa a volar. Cuando nos hemos cerciorado de que la chiringa ha subido para no volver a bajar por buen tiempo, nos tiramos al pasto para observarla y seguir desenrollándola.

El sol nos quema desde la derecha. Nos tenemos que cubrir el lado de la cara con la palma de la mano para poder ver. Sobre nosotros, el hilo de la chiringa se extiende, curveado, desafiando la gravedad. Isabel lo sostiene mientras yo manejo el carrete, desplegándolo más y más. Por momentos, el mundo cambia. El hilo, la chiringa, es un objeto que se lanza al vacío. Cuando Isabel se cansa y me deja sostenerlo yo mismo, siento por primera vez la presión que el manejo de ella estaba amortiguando, la fuerza del viento queriendo llevar mi brazo. Nos quedamos disfrutando juntos de eso, el placer de controlar un objeto que se estira hacia el infinito, un objeto sumamente pesado que se cae del mundo, que podría arrastrarnos al vacío, la curvatura del hilo como algo sobrenatural que se extiende de nuestros cuerpos y nos conecta con el cielo, con el espacio, con el mundo. Nosotros acostados en el cielo y el hilo ondulando hacia la nada.

Luego de un rato nos retiramos a las fortificaciones, a sentarnos y resguardarnos del sol caliente de la tarde. Hemos llevado el hilo hasta casi el final del carrete y la Gayla es apenas una negrura en el cielo, un punto borroso que hala con fuerza mi brazo. Isabel va señalando los edificios que vemos desde allí, los edificios que bordean la costa, el Morro, y nombrando cada uno, rellenando los blancos míos, que sabía cuáles eran el Instituto de Cultura y la Escuela de Artes Plásticas, pero más ninguno. Me explica que todos los edificios del área sirven fines culturales porque así lo exigió el gobierno federal al donarlos al gobierno puertorriqueño. Me distraigo escuchándola, y me toma por sorpresa un golpe particularmente fuerte del viento, de la chiringa, y el carrete se me va de la mano. Nos ponemos de pie para ver el punto negro alejarse hacia el horizonte.

Lo perdemos de vista rápidamente, comenzamos a caminar hacia la costa. Nos preguntamos si habrá caído al mar. Seguimos distanciándonos de donde comenzamos, seguimos acercándonos al final, cada vez más convencidos de que nuestra chiringa ahora flota en el océano. Miramos alrededor, notando un hilo enredado en el techo de un edificio cercano, una de esas construcciones enjutas que rodean el Morro, una que ni siquiera Isabel sabe identificar. Recorremos el hilo con la vista, el viento intenta halar consigo la chiringa a la que pertenece. No es la nuestra. Sin movernos, vamos notando despojos como ése, restos de Gaylas caídas dispersos por el panorama. Le comento a Isabel que estamos en un cementerio de chiringas; ella dice que sí, que es un cementerio de chiringas que aspiraron a más, pero no llegaron. Nos quedamos así un momento, observando en silencio la chiringa desconocida, atrapada tan lejos de lo lejos, demasiado cerca para ser chiringa.

Pasa el instante de contemplación y seguimos caminando, nos revertimos al estado anterior de emoción, nos aproximamos al final, cada vez más cerca y aún no hay rastro de nuestra chiringa. Llegando a otra edificación misteriosa comienza a llover levemente, el sol aún brilla y es sólo una lloviznita cálida, pero igual avanzamos al refugio que nos espera, no se puede entrar pero un tejado típico de la arquitectura colonial ampara el perímetro. Nos detenemos y vemos, cercana, junto al último muro antes de la costa, el muro que resguarda a los visitantes de caer abajo, una chiringa en el suelo. Ésta sí es negra, es como la nuestra. Sin mirarnos, nos preguntamos si será. No queremos que sea. Le digo a Isabel que la voy a mirar, ella responde que espere, que no me moje, y justo entonces, sin aviso, la llovizna cesa, ni un momento después de haber comenzado. Salimos juntos a mirarla. Ha caído boca abajo. Me agacho y la volteo. Es la nuestra. Hay otras con el mismo diseño, pero tiene que ser. “Casi llega”, nos decimos.

Notamos que, en contra de las probabilidades, la chiringa está ilesa. Nos quedamos mirando al mar, intentando decidir qué hacer. Propongo lanzarla aún, un entierro marítimo, pero Isabel vacila por los dos, no quiere contaminar. En la pausa vemos un crucero llegando, no lo hemos visto acercarse pero de momento está ahí, no muy lejos. Observamos a los turistas en la cubierta, los turistas que observan las fortificaciones de San Juan, las que nos protegen de los piratas, los corsarios y demás ejércitos navales enemigos. Me pregunto en voz alta qué habría sucedido de llegar la Gayla a ese barco inmenso. A Isabel le hubiera gustado que cayera en manos de otra persona. Me señala a lo lejos, más al fondo, un avión de aerolínea aproximándose, un avión cuyos pasajeros están viendo el crucero adentrándose en la costa y las fortificaciones, todo una pequeñez desde arriba. El avión me hace recordar una fascinación con el vuelo que tenía cuando pequeño. Quería ser piloto de avioneta. Pero los años me han acobardado, ya no sé si me atrevería a aprender. He desarmado y doblado la chiringa. Finalmente, nos separamos del pequeño muro. Isabel saca de su cartera la envoltura original y metemos la chiringa adentro, con todo el hilo que arrastra, para guardarla de recuerdo. Mientras nos alejamos, pienso en aquella lluvia brevísima, casi surreal –la chiringa nunca alcanzó el mar, pero por unos segundos el mar la alcanzó a ella. (diciembre 2002)