100 leguas de viaje submarino hasta Venice Beach: Versión vampírica o plagiaria de Planet of the Apes, nunca se sabe

La sangre de mujer asiática es repugnante. La de hombre europeo me da asco. La de los animales no, esa la chupo por las madrugadas, al salir de cacería, como si yo fuera personaje de los cuentos de Ana María Fuster Lavín. Una vez saciado de vitalidad trasfundida, me vence el sueño y no quiero despertar. ¿Para qué, para ver a mamá llorando frente al lavabo? ¿Para qué, para escuchar a los locutores radiales comentar sobre el último funeral de pueblo? Entoces busco a otro escritor, digamos a Sergio Ramírez, y salgo para Nicaragua a mirarme la pinga reflejada en el gran lago prehispánico. No funciona ese pasaje voucher de American Airlines y Sergio anda de gira por Groenlandia: monitorea el deshielo de los polos, lo sé, así que emprendo una travesía a pie por debajo del agua hacia Nueva Orleans a principios de abril, como canta Robi. Allá abajo me desvío porque encuentro anémonas venenosas enredadas en ojivas nucleares y una gran plataforma de plástico ultraresistente que soporta una refinería gigante hecha de bloquecitos LEGO. Los americanos tienen allí a Marilyn Monroe eternamente encadenada al cuerpo rejuvenecido de John F. Kennedy. Por detrás se asoma el miembro picante de Marlon Brando, que sube y baja desprendido de su cuerpo, según las corrientes transoceánicas, y esa es la receta secreta de la eterna emanación de la Coca-Cola, líquido sustitutivo del oro negro que tantos desastres causó el siglo pasado y que ahora fluye sólo, a borbotones, gracias a la inmortalidad de ese trío en permanente cópula. Hace frío y reviso cuánto les queda a los tanques de oxígeno que están pegados a mi espalda gracias a una cirugía estética que me pagó la tarjetita del plan médico de la Reforma. No pesan, también son de plástico. Mientras observo la cinta amarilla que dice No Traspassing que forma el perímetro para que no pasen los periodistas, me encuentro con un surfer que va de camino a Venice Beach; supuestamente lo único que queda ahora de lo que antes fuera la gran puta California. Me dice el surfer que me va a dar el culo si lo ayudo a limpiar su máscara. A mí se me pareció demasiado a Charlton Heston y fue por eso no supe qué decirle. Tardé varios segundos en hacerle señas de que mi mayor debilidad es un hombre con pelos rubios y vocación repetidora de escenas cinematográficas. Eso se lo dije de sopetón, como si allá abajo no hubiese tiempo para enamoramientos despacios. Me contestó -con la lentitud de unos manerismos para sordomudos bien orquestados- que su perdición eran los negros sin proclividad teatral, así que estuvimos tocándonos los trajes de buzo durante un largo rato. Yo trataba de sentir sus bíceps, ocultos detrás de la goma, y él me calentaba la verga, presa del espandex, mientras yo me recreaba al mismo tiempo haciéndoles trenzas francesas a los pelos de su barba. Después del primer orgasmo truculento, casi tanto como si hubiésemos estado fornicando sobre tierra, fue que la tintorera nos atacó y que los lobos de mar mecánicos que trabajan para los federales nos dispersaron, todo porque dizque les interesaba cogerla a ella en un nazo para hacerle experimentos. La música trash-industrial que salía de la refinería Hollywood Under The Sea me hizo dudar por un momento, ¿valdría la pena la reconquista? Pero me envalentoné enseguida. Lo perseguí hasta la mismísima playa de Venice, a donde había llegado a parar la estatua de la libertad nuyorquina después de la catástrofe de la desaparición del Estado Libre Asociado. Cuando lo agarré por la cintura tamaño 29, le hice la llave cuatro y lo tumbé en la arena, que todavía tenía rastros de criptonita, sustancia verdosa antiquísima -por no decir ochentosa- que se le adhiere con rabia y hepatitis C a los sargazos. Una vez en el suelo, le destrocé el cuello. Yo no quería hacerle daño a su piel, pero allí estaba ese pedazo de células bellas latiendo en la yugular de surfer californiano, perfecto, servido como banquete para este salvaje del Caribe asqueado por tanta sangre asiática y tanta sangre de Eurabia. Rechazarlo ahora, que eramos pareja como los caballitos de mar que hacen el trabajo de las hembras paridoras, sería absurdo, ¿no creen? Uno no viaja tanto para regresar a la patria echa cantos con el estómago vacío. Si uno viaja tan lejos del bohío, la fetidez del Caño Martín Peña y con tanta hambre en pleno periodo de especiales o rebajas en Marshalls, definitivamente es para regresar jalto.

Imagen: Lady Liberty on Lake Mendota Feb. 1979, Lake Mendota, University of Wisconsin, Madison, Wisconsin Prank conducted by Jim Mallon and Leon Varjian of the “Pail and Shovel Party”, del fotógrafo Ravi Kochhar.Tomada de la Wikipedia con permiso del autor: “All Wikipedia photographs must be released under the GNU Free Documentation License, meaning that the contributor gives permission for the image to be freely copied”.

Música de fondo: “José José: La historia del Príncipe. Los éxitos”. Track #13, por supuesto. “Lágrimas” (el lenguaje mudo de tu pena, lágrimas. La callada voz de tu tristeza, lágrimas. La expresión mojada de tu alma, lágrimas. La visible muestra de que tú me amas… lágrimas…”.

2 pensamientos sobre “100 leguas de viaje submarino hasta Venice Beach: Versión vampírica o plagiaria de Planet of the Apes, nunca se sabe”

  1. te pasaste, manu
    en par de cosas:

    in-your-face
    relato impropio
    lenguaje explayao
    técnica y sugerencia
    asquerosidad apetitosa
    complicidad
    engullón

    glup!

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