¿Vas a visitar a tu mamá? o las nueve horas de Midwest

Ayer tomé una guagua durante nueve horas desde Mineápolis hasta Chicago. Si la línea desde Río Piedras hasta Mayagüez es un calvario, atravesar cinco estados del Midwest gringo en un bus es como comenzar a expiar los pecados en el purgatorio, por seguir la exégesis cristiana hasta donde la símil me lo permita.

Salí de Mineápolis a las 6:45 a.m. Esta gente es bastante anal para lo que les da la gana, así que a las 10:05 estábamos en Tomah (Wisconsin), según estipulaba el itinerario. Esas primeras tres horas las dormí como pude, considerando que la noche antes había ido al show de mi amigo Nolan, quien es el creador de Electrik Swan y de la serie de cortometrajes con marionetas Milk. (Tienen que verlos. Pueden bajar las películas en su website.)

Conocí a Nolan durante el 2002 en Toledo, España, mientras estudiábamos en la Fundación Ortega y Gasset. Fui de sorpresa al show. Nolan, original de Nebraska, es alérgico a la cerveza, así que siempre bebe whisky, y como estábamos celebrando la ocasión, cogí una borrachera de whisky con Coca Cola que no les recomiendo si van a coger una guagua por más de una hora. Y ahí estaba yo, por nueve horas en un asiento reclinable con vista a los paisajes otoñales del Midwest.

En Tomah se subieron más pasajeros y, para mi desgracia y la de mi sueño liviano, se me sentó al lado Jerome. Después de preguntarme mi nombre y decirme “Hum, latinos are nice people”, me preguntó que si iba a ver a mi mamá en Chicago. Para mi sorpresa, fue una de tres personas que durante el viaje me preguntaron lo mismo en distintas circunstancias. Le dije que no, que iba a universidad, y me dijo que él también había ido a una, una vez, así que por qué no nos manteníamos en contacto. En este momento, lo miraba a los ojos y vi cómo se le dilataban las pupilas. No llevábamos ni cinco minutos conversando. “No, I’m sorry. I don’t think so”, fue mi respuesta acompañada de mis ojos gruñones. Jerome hablaba en susurros y casi no se le entendía. Eso y que me hiciera un acercamiento totalmente imprudente acabando de sentárseme al lado, me empezó a preocupar. ¿Cuántas horas iba a tener que estar junto a Jerome? Entonces, pensé, me cambio de asiento. Todos estaban llenos. Como estaba en el asiento pegado a la ventana me empezó a dar claustrofobia y la próxima parada era en Madison, Wisconsin, a las 12:30 p.m. Los asientos siguieron llenos y la parada fue de 10 minutos.

Pasado Madison, Jerome empezó a invadir mi territorio bajo circunstancias muy tradicionales, extendiendo su brazo hasta casi tocar la parte de mi muslo que daba a su lado del asiento y cosas por el estilo, así que me estresé rotundamente. Le pedí que cambiáramos de asiento y me dijo “Let’s wait until Milwaukee”, como una sentencia. Estaba atrapada. Llegaríamos a ese destino a las 2:10 p.m. Saqué The Marriage of Heaven and Hell, un libro de William Blake que me había comprado el día antes en una tienda de libros usados, y empecé a leer los poemas en voz alta para ver si se desesperaba y se iba por sí mismo. La técnica de espantar al que está acosando me ha funcionado otras veces así que hice el intento. Empecé por “Proverbs of Hell”: “In seed time learn, in harvest teach, in winter enjoy./Drive your cart and your plow over the bones of the dead”… Así seguí leyendo hasta el final las cinco partes del poema. Jerome parecía algo incómodo, pero seguía junto a mí sin inmutarse. Así que busqué en mi cartera qué otro libro tenía que fuese más efectivo. Tenía “Sobre los ángeles” de Rafael Alberti. Pensé, si leo en voz alta en español quizá tengo más suerte: “Ese alma en pena, sola/ese alma en pena, siempre perseguida/por un resplandor muerto/Por un muerto.”

Sí, lo sé. Estaba leyendo textos en la misma onda diabólico redentora. En realidad, creo que podría hasta escribir algo comparando a Blake con Alberti. Los dos textos recrean este espacio gótico-dantesco de ángeles caídos, pero no lo había pensado hasta este momento. Creo que Jerome se empezó a arrepentir de haberse sentado a mi lado. Probablemente no entendía, pero yo leía con énfasis profético así que por mis tonos quizá se asustó. Eso quiero creerme yo. Aunque probablemente sólo se dijo “God damn, what the hell?. Latinas of the mother fuckin’ freaks”, o algo similar.

En Milwaukee, Jerome no lo pensó dos veces y se cambió de asiento después de dos horas de recital sin interrupciones. Entonces, cuando pensé que por fin iba a cogerme una merecida siesta y exhausta por mi improvisada interpretación, John se voltea del asiento delantero y me dice “Hi, I’m John”. Por su rostro, con esa pelusa característica debajo de la nariz, y su sonrisa supe que tenía alrededor de 17 años. No sé por qué exactamente, pero aunque todo el tiempo hablamos en inglés, recuerdo esas últimas dos horas como si hubiéramos conversado en español. Posiblemente, por la comodidad. Después de preguntarme si iba a visitar a mi mamá en Chicago, John me contó que quiere ser profesor de apreciación musical y especializarse en la historia del rock-n-roll, pero tiene cinco hermanos, viene de una familia de recursos moderados y su promedio es de 3 puntos. Solicitó en algunas universidades, pero en las que dan becas no lo cogieron por su promedio, y en las que lo cogieron, no le daban beca. Así que John piensa enlistarse en el ejército porque su papá fue a la guerra del Golfo, su abuelo a la Segunda Guerra Mundial, y así sucesivamente. “Mi familia necesita el dinero”, “No tengo cómo pagar mis estudios”, “Ellos me pagan la carrera”, “Es una tradición familiar”, razones que ya yo sabía y que tanto he escuchado de puertorriqueños en las mismas circunstancias.

Entonces, volví a sacar de mi cartera otro libro, como toda una Mary Poppins, pero esta vez un cómic hecho por Joel Andreas titulado Addicted to War. El sexto capítulo, “The High Price Of Militasism”, es una explicación en formato de cómic del dinero que se gasta el Imperio en la milicia y el contraste del déficit en cuanto a educación, servicios médicos y alimentación de los estadounidenses. Con los $1,000,000,000 que cuesta darle mantenimiento anual a uno de los portaviones de guerra americanos, se les podría ofrecer cuidado prenatal a 1,600,000 futuras madres (Ee.Uu tiene la tasa más alta de mortandad infantil de un país “desarrollado” en el mundo), o alimentar a 500,000 niños que padecen de malnutrición en el país más rico, entre otros muchos contrastes que ilustra el cómic. John leyó en voz alta todo el capítulo a petición mía. Se detenía y asumía posiciones a favor y en contra con más seriedad e inteligencia de la que hubiera esperado encontrar en un joven de su edad. La parte que más lento leyó fue la siguiente: “The ones who end up on the front lines are usually kids who can’t find a job or pay for college. Almost all of them are from working class families and a disproportiate number are African Americans, Mexican Americans, Puerto Ricans, Native Americans, and other national minorities. As a result, it’s mostly the poor who die on the battlefield”. Todo el perfil encajaba con John y la conversación con este desconocido cada vez se volvía más seria y profunda. Pensaba mientras le hablaba en un tono sereno de mujer con experiencia que, si no convencía a John de desistir de su idea de enlistarse en el ejército, por lo menos le enseñaría otro lado de la moneda. “Ese personaje incluso se parece a mí”, y nos reíamos, porque era cierto. El dibujo en el cómic era el de un joven con la misma pelusa de pelo debajo de la nariz. John iba a ver a su familia después de seis meses en Milwaukee trabajando como obrero en una construcción. Se acabó el proyecto y se quedó sin trabajo. A John no le gustan las religiones. Sin embargo, me habló muchísimo de Dios. Tiene mucha fe. Me dijo que creer en Dios es el pensamiento en sí mismo de Dios, y me pareció de nuevo un comentario sabio para su edad. A él le preocupó que le dijera que soy agnóstica, así que se invirtieron los papeles e intentó convencerme de que creyera en Dios sin pedir pruebas a cambio. Yo le dije que lo iba a pensar y el concluyó, piensa en Dios y yo pensaré en no enlistarme y ser profesor de apreciación musical. El viaje llegó hasta sus últimas consecuencias. Estábamos en Chicago y eran las 4:30 p.m.

La tercera persona que me preguntó si iba a visitar a mi mamá fue el chofer. “Sir, I have to go to Randolph Street. Which line do I have to take to get there?” y él me contestó “Are you going to visit your mother?”. Nunca entendí por qué la pregunta y cuál era la pista que los conducía a preguntarme semejante barbaridad. Llegué a mi casa a las 10:30 p.m y justo me llamó mi mamá para saber si había llegado bien. De tanto cansancio, casi ni dormí.

4 pensamientos sobre “¿Vas a visitar a tu mamá? o las nueve horas de Midwest”

  1. Me encantó. Hace tiempo que no cojo guaguas acá con la frecuencia con la que lo hacía antes, pero cuando lo hago me maravillo.

  2. recuerdo una vez que iba de mi casa en santurce a la iupi en la (no recuerdo bien el número, 31?)que coge por toda la fernández juncos, cruza por cantera y te deja en la iupi por el lado de la barbosa, y se montó una señora totalmente enajenada del mundo que parecía que llevaba haciéndose sus necesidades en los pantalones desde que nació. y se sentó en el último asiento atrás. la peste era tanta, que gente se empezó a cambiar de asiento en el acto sin disimulo, otros se bajaron de la guagua inmediatamente vociferando foces y otros se quejaban al chofer y le decían que la bajara, pero el alegaba que aunque el también estaba mareado no podía porque era ilegal. yo iba súper tarde a mi trabajo en estudios generales en Psae y no tenía otra opción que ponerme la manga del abrigo en la nariz y usarla como filtro, y como yo, todos hacían lo mismo. en fin, sí, las guaguas en puerto rico me traen buenos recuerdos. jiji, gracias, isa.

  3. …y finalmente, encontraste a tu madre? Si vieras como te vi en esa guagua, lidiando con todo tipo de testosterona…admirable! Buena técnica lo del recital. Y yo que creía que la única sálida era ponerse a orar en voz alta. Oye, de pronto me han dado ganas de cambiarme a tu universidad. Como puedes tener tiempo de embarcarte en un viaje de 9 horas? Por favor, dime que estás en fall break o algo así…

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