Por dos rands, un samoosa por

Un día temprano accedí a una excursión en bicicleta hasta Cape Point. Desde Simonstown, pasando los pingüinos en la playa y empinándonos la montaña rodillazo a rodillazo. Quería una bicicletada hasta el fin del mundo; lo más lejos que pudiéramos llegar antes de despeñarnos en Antártica.

No lo sabía, pero debí haberlo sospechado: que esta sería una empresa siempre contra el viento.

Contra el viento que todos los días, desde que llegué, parecía empecinarse en borrarme de la faz de la tierra. Nos hacía zigzaguear montaña arriba y pujaba por tirarnos al piso. Un viento testarudo, maleducado.

A hora y media de camino ya se me encalambraban las piernas como si me quisieran partir los huesos. Escuchaba el pulso en mis sienes casi borrar el ruido del viento. Como si ésta fuera una carrera a quebrarse contra el cielo, antes de llegar al mar.

Ese viento intruso y majadero que nos regateó cada minuto de subida nos vació de toda solidez. Nos licuó hasta la memoria y nos hizo permeables a todo. No sé si por lo que nos borró o por lo que nos alojó en su lugar. Por vacuidad o vulnerabilidad, en fin – no sé si reciente o ancestral, se nos enganchó en las cadenas una canción atosigada entre las raíces apretadas del pasto y las ramitas de la broza. En cualquier caso, un rumor se nos enredaba en las ruedas y se nos hincaba en las medias como cadillos. Al principio, un chistar seco como las cañas del camino. Insistente, pero hecho resbaloso por íes y pes expiradas que le chorreaban la aspereza. Después, como las piedras, choques mascados en el anfiteatro de la boca; ruido de árboles y ramas, silencio de animales en largas carreras de gente sin tiempo. Y al fin, más allá, en la boca del cielo, qus cóncavas que revientan en el aire y absorben el eco de una vez. Que son el eco mismo. Que arrebatan de sonido a todo lo demás. La cepa milenaria del xhosa preciso y letárgico que percute sus dedos en nuestro camino de piedra y nos enmarañó para siempre el alma en arena y tierra roja. Canción de vida de multitudes de gente de piel de seda que habitando aquí, nos poblaron a raíces puntadas.

Alcanzamos el cielo al tope de la loma buscando el fin, sólo para encontrarnos con la barriga vacía de un paisaje foráneo como el susto. Un injerto de fuego y hielo en medio de este cabo de verde y mar. Tierra de arena de blanco helado y ramas carbonizadas por el viento. Tierra transplantada sin nombre; lo inesperado. Y de allí una descarga maxilar de pura intemperie: una canción afrikáans de consonantes duras como la piedra y vocales destechadas de puro viento. Violento y desnudo. Al fondo, otra vez y siempre, las montañas que persisten en insinuar límites que se escapan tan pronto se creen… Allí, escarbando el mar, se alojó también el inglés ensalitrado que vino después a asolearse en estas costas; a embotar sus pretensiones sin saberlo. Obligado a sudar palabras nuevas que se mezclan con todo, forzado a cimarronearse, vino a cuartearse en el monumental desabrigo de esta tierra como todos los demás. Ha tenido que rehacerse con sol y sal.

Recomponerse como nosotras, ahora que el asfalto nos carcomía hasta las gomas. Obligadas a perseguir el viento que reguereteó todos nuestros referentes entre pasto, sal y arena. Empezando a respirar la nueva forma de nuestras canciones a la intemperie. A resoplar sobre la historia entrometida replegada en la tierra para mordernos al pisar. Pedalear el lenguaje desvestido que aprendí desde entonces; el mismo que nació con Sudáfrica para poder escribir de ella. Mi trueque para siempre. Mi samoosa por dos rands. Lo que veo a veces cuando recuerdo, al final, la punta del cabo y el precipicio verde del fin del mundo.

Por dos rands, un samoosa por

El regreso a casa fue precipitado. 1700 kilómetros en dos días y medio. Casi ni me acuerdo. Empezamos en la mesa redonda de pan etíope en Pietermaritzburg, con unos amigos de Rachel, zimbabweanos. Vívían en la comuna de al lado. 2,000 de ellos, con sólo un pequeño patio interior para liberar la presión urbana que les acalambraba los huesos. 2,000 de ellos y, sin embargo, no estallaban en la violencia que descuenta vidas diariamente en el reloj sudafricano. Nos dice uno de ellos. “…And in Zimbabwe things are bad. There’s nothing to eat, there’s no nothing… but people don’t kill each other like they do here. Violence here is crazy. In Zimbabwe you’re safe, even if there’s nothing.” Íbamos enrollando el pan esquina por esquina, por la parte que nos tocaba. Se nos hacía origami entre los dedos llenos de salsa y pique.

El viaje en carro se me hizo película en la cabeza, con esa distancia granosa de una cinta sobreexpuesta. Me acuerdo de paradas selectas, pero del mismo modo que me recuerdo de sucesos entresueños. Las millas largas con las piernas pilladas entre el asiento y el bulto me inmovilizaron la memoria. En todo caso, nos tocaba recorrer una costa larga y blanca, después de atravesar la bruma mística del Cabo Oriental. La tierra de Mandela, con casas redondas de barro y humo que preserva todavía los rituales antiguos de cuando somos muchos. La bruma donde la gente vuelve a ser gente. Pasamos entradas amazónicas de mar entre montañas de felpa verde que me encendieron una especie de memoria intrusa y secretamente molestosa, de un continente entrometiéndose con otro.

Lo próximo que recuerdo es el sol cegador en la cal de la acera en Port Elizabeth. Ahí compré unas arañitas de cristal y cuentas a un artesano de la calle. Se me treparon por los ojos dilatados de cansancio impreciso y anidaron allí. Compré un conjunto de cuatro, y una mariposita para Annemarie. Las arañitas se convirtieron en mi recuerdo de lo que pasó hasta regresar a Cape Town. Como si hubieran absorbido todos los destellos que cruzaron entre su cristal y los espejos del carro. Las conservo todas y ahora cuelgan del medio de mi cuarto. Por si acaso en ellas se me quedara algo más.

Por dos rands, un samoosa por

Esto fue antes de la Navidad, el último día que pasé en Muizenberg antes del tren a Johannesburgo. Yo ya había caminado varias veces por frente al callejón donde se reúnen los de casa errante a jugar fútbol y repartirse el pan. El que sale justo de la esquina donde los fines de semana se para el vendedor con su guagua con cebollas, frutas y otros vegetales. Había cruzado el pueblo varias veces y de distintas formas: del banco a casa, de casa a la tienda, de la tienda al supermercado, y de nuevo al banco, buscando dejar todo en orden antes de irme. En la esquina de la barbería se me cruza: “Lady, do you have something to eat?” Ese “lady” siempre me hace sentir que le hablan a otra. Quiero terminar todas las cosas antes de que me cierre nada. ‘Ahora no. Pero si estás por aquí cuando termine…’

Terminé, o casi, pero a las tres o cuatro de la tarde todavía no había almorzado y me arrebataba el hambre. No lo veo cuando paso —no lo vi en el resto del día, me estuvo extraño. Pero cuando doblo la esquina por casi última vez lo encuentro de frente con sus ojos certeros: “Lady?” ‘Oye, todavía no he almorzado, ¿vienes conmigo?’ Hubiera dado bastante por compañía ese día. Pero a él quería convidarlo por él mismo, como una pequeña ceremonia mía de partida; mi propio tributo por haberlo visto tantos días jugando en el callejón y en la esquina pidiéndome algo.

“What would you like to eat?” “Chips.” Asusta lo largo que sobreviven aquí a fuerza de papas fritas. Un cono de papas con sal y vinagre, para aguantar todo el día. “Let’s go have some fish and chips, where should we go?” Había un come y vete más abajo en la calle. A la entrada, otro señor nos espera: “Lady, do you have a little money?” Que no, que si quiere comida, le doy, que vamos a comprar ahora. Entra con nosotros. La orden, entonces, es de: “three snoek and fish, please,” y… ‘¿qué van a tomar, jugo, refresco…?’ Terminó algo así como: “a Sprite, an orange soda for him, and…”. “Two.” El señor quiere refresco también para un amigo. “Can or bottle?” “Can.” “No…” dice el señor. Lo miro. “A bottle.” Pide un padrino grande. “So, three Sprites, an orange soda and the bottle?” No, conmigo no. O las latas, o el padrino. Insistía y buscaba la vuelta. Confirmo la orden con dos latas de refresco.

Me sobregiro, no me quedaba cash. Y tampoco tenía mi tarjeta. Tengo que ir a casa para buscar la tarjeta y después bajar al cajero automático. Pido que me guarden la orden y los dejo a ambos esperando. Hago todo el camino, sin mi mejor humor. Regreso y el señor no aparece. Pregunto; “he left.” Supuse que estaba molesto conmigo, que pensó que lo embarqué. Salgo con Michael (me acababa de decir su nombre) a buscar donde sentarnos. Un lugar donde el viento no nos quitara el aliento y la arena no nos robara la comida.

Aquí en Sudáfrica me he hecho muy conciente de mis estrategias. El amor es desinteresado, sí, pero siempre tiene algo más que decir. Es ley de vida, pero también es ley para la vida. Es inevitable, es impostergable —especialmente aquí, donde la humanidad palpita sus ternuras más profundas en cada esquina— pero es también —con la voluntad o sin ella— un recurso. Un gesto honesto, pero con múltiples beneficios. No se trata de una deformación de la intención, sino de la pura materialidad del gesto: es en lo más básico, después de todo, un trueque de afinidades, un tráfico de empatías. Pero es también la conciencia de un entorno volátil y una presencia conspicua, donde estos tejidos son también redes de supervivencia. No se lo pedía, pero sabía que esta comida compartida me inmunizaba de algún modo. Me ligaba a él de buena voluntad y contaría a mi favor si alguna vez lo necesitara en ese callejón de la esquina, o en otra de las calles desandadas del pueblo. Me generaba algunas garantías más en ese Muizenberg en el que nunca confié del todo.

Michael tiene dieciséis años, aunque pensaba que tenía doce. Eso lo averigüé, junto con que vive en Capricorn, de donde viene a pasar los días a Muizenberg. Para aliviar un poco la carga en la casa, supongo. Encontramos un murito donde sentarnos, escudados del mar. Abrimos los platos y empezamos a comer. Al poco rato llegaron dos muchachos que saludaron a Michael y pidieron compartir. Esos eran más ruidosos y quizás, más confiados. Quizás eran mayores que Michael, aunque parecieran adolescentes. Empezamos a dividir la comida y desde el fondo se acerca un par de niños más. Éstos sí, niños, y no parecían haber visto casa en varios días. Tenían hambre y sed, pero venían tímidos. Los sentamos entre nosotros, sobre el murito en la grama. Multiplicados, recontabilizamos; y una vez más, levantamos las tapas de foam y realizamos allí, frente al pueblo, el milagro de las papas y los peces.

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Por dos rands, un samoosa por

Lesotho, de esta parte, empieza a 2,865 metros de altura. Por encima de toda posibilidad de árboles, más allá de la bruma, en la bandeja misma de la lluvia, la nieve y el granizo. Un país servido en el cielo. Al cabo de ocho kilómetros de subida casi vertical por una ladera desquiciada que le quebraba el mundo. Donde el aire es de escarcha y la gente, de lana.

Aunque es la realidad que Lesotho siempre se escarpó también montaña abajo. Por esa misma ranura sideral que apenas nos dejó pasar. Siempre liqueó su deshielo por la carretera despeñada que lo reconectaba al mundo, una ruta de comercio desde hace siglos. Pero lo que se hilvana allá arriba pertenece, de todos modos, a otro tiempo. Nada que ver con historia, sino con la notable raleza del tiempo, que escaseaba con la atmósfera disuelta de esas alturas inusitadas. Cosas que sólo se intuyen al ascender allá, donde el mundo parece comenzar de nuevo.

Allí la vida es itinerante, al paso de caravanas de ovejas que trasquilan el pasto para apretar la lana que enrolla a los pastores. Los caminos son de polvo revolcado y lejano que se pierde, al fondo, en un mar de montañas que remontan el horizonte, donde se supone que desboquen, finalmente, en alguna otra parte del país. Una yerba de crin plateada eriza la tierra a su límite, a pocas pulgadas del suelo, abanderando el deseo puntiagudo de perfilar los olores profundos de este lugar. Los corrales neolíticos de ovejas apertrechaban de fuerza mítica a las a casas de piedra de techo vagabundo. Pero el corazón del lugar lo encontramos, sin embargo, en un vagón blanco, a ras del viento.

Allí se cosechaba la lana a pelotones. Hombres jóvenes, adolescentes, alineados con las paredes, y una oveja entre los brazos. Mascaban tijeras cangrejas, macizas y rotundas que mordían la lana suculenta a tiempo dictado por patadas de carnero. Al ritmo errático de pezuñas agudas en el piso volátil de tabla. Mientras, la lana bullía en compartimientos desbordados a mano derecha, que atrás se comprimían en bloques de saco listos para expulsarse. Entramos y subió el pulso de la producción y el brillo de las caras sotho. Se amasaba la presión lanera, el deseo de arroparse, la cercanía encabritada de un mundo distante. Pedí una foto de los anales de este mundo y el más anciano de todos depositó sus manos patriarcales sobre el papel vivo de los registros de entradas, recolectas y salidas de ese órgano de tablas, madera y zinc en el medio de la llanura sin excusas.

Salimos con una última oveja trasquilada y trémula. Enrollamos lo que nos quedaba de paisaje. Enhebramos, de camino, los rebaños que todavía se nos cruzaron. Amasamos una frisa de memorias erizadas, para estirarla hasta la frontera. Yo todavía sigo deshilándola, camino abajo, pasado el puesto de cambio que ha décadas dejó de existir bajo el peso de los camiones, y hasta donde estoy. Me traje dos pedacitos de lana pisoteada. Porque me quería arropar.

Convocatorias

La traducción es un concepto vivo que se reinventa: desplazamos, trasladamos, creamos y destruimos al traducir. Traducir es mirar a través del lenguaje. Hablar es traducir, contar un sueño también, las metáforas son traducciones sin rastro, colonizadoras; las símiles, traducciones que lo anuncian, que salvaguardan la imposibilidad del lenguaje. Algunos traducen para olvidar, otros para recordar. Algunos traducen a su lengua, otros a la de otros. Habrá quiénes consideran que traducir es arruinar y quienes aseguran que florecen monumentos. Hay quienes nunca leen traducciones, hay quienes se obsesionan con leerlas. Hay quienes se traducen a sí mismos, y quienes traducen un idioma que aún se les resiste, para entenderse. Hay traducciones milenarias, paradigmas incuestionables de los que sólo sabemos por las traducciones. Hay idiomas que nunca han sido traducidos, y hay mitos desplegados en todos los idiomas, cansados, hechos piñata o visera.

Esta edición TRANSVERSA estará dedicada a la traducción poética. Sólo se aceptan poemas traducidos al español. El documento en formato Word debe incluir: copia del poema original (preferible), nombres del autor y traductor/es y bibliografía del poema traducido. Se aceptará un máximo de tres poemas por propuesta y se estimarán propuestas de traducción originales y/o experimentales. Si el traductor lo desea, puede enviar un párrafo breve sobre la poética o el proceso. La mesa editora decidirá qué traducciones y textos serán publicados. Los poemas estarán en la página de www.derivas.net a partir del 1ero de enero.

Pueden enviar sus poemas a edicion.transversa@gmail.com.

Transversemos.

Sobre las editoras:

Tienen en común que se traducen en su cotidianidad.

Mybel Andino, traductora puertorriqueña radicada en Rennes, Francia, es profesora de traducción en la Universidad de Rennes 2 Haute Bretagne. Fue directora y correctora del proyecto de traducción del n°168 de la revista literaria Cultures Sud dedicado a la literatura caribeña. Actualmente, traduce al francés el poemario “El origen de los párpados” de Mara Pastor (2008). Guadalupe Arenillas vivió en la Patagonia hasta los diecisiete años. Traduce poetas norteamericanos y ha traducido a Delmore Schwartz, Charles Simic, John Berryman y John Ashbery. Actualmente escribe su tesis doctoral en la Universidad de Notre Dame sobre territorios y memorias en la literatura latinoamericana de la post-dictadura. María Robles creció en el País Vasco marcada por el multilingüismo y habla español, francés e inglés. Está interesada en la traducción poética entendida como ejercicio poético y diálogo intercultural. Trabaja en la Universidad de Michigan como instructora de español. Mara Pastor nació en Puerto Rico y es escritora, estudiante doctoral e instructora de español en la Universidad de Michigan. Últimamente traduce poemas de poetas de Europa del Este traducidos al inglés. También ha traducido poemas de Anne Carson, Charles Bukowski y Landis Everson.